Antonio Conte coronó el pasado 12 de mayo la mayor irrupción que se recuerda en la historia reciente de la Premier League. En su temporada de estreno, el entrenador italiano batió el récord de puntos y de victorias desde que la competición inglesa mudara a su actual formato. Lo hizo con un equipo que venía de ser décimo en el curso previo. Con una plantilla defenestrada. Con apenas un par de refuerzos de renombre. Frente a mejores plantillas. Superando a Mourinho, Guardiola, Wenger, Klopp y Pochettino.

Meses después, sus emociones en el banquillo y su eterna sonrisa en la sala de prensa se han evaporado. Conte es hoy un hombre triste, cabizbajo, pesimista ante los retos de la 17/18. Nadie diría que es un técnico preparado para la defensa del título y para competir en el regreso del Chelsea a la Champions League. Si el verano pasado se mostraba confiado para trabajar, ahora se le nota preocupado. Los antecedentes no juegan a su favor.

Tras la conquista de la Premier en 2015, Mourinho reclamó a los dirigentes de Stamford Bridge un esfuerzo en el mercado. Sin embargo, los londinenses se durmieron, reforzando su plantilla con futbolistas de segunda o tercera fila a excepción de Pedro. Justo antes de Navidad, el portugués decía adiós por segunda y probablemente última vez, con el Chelsea navegando cerca del descenso.

Tanto Conte como la amplia mayoría de la afición Blue saben que este verano se están repitiendo ciertos pasos de aquel desastre. En mayo, el italiano solicitó públicamente un grupo más amplio de cara al futuro; no sólo pedía recambios, sino aumentar en número. Pero en su club prefieren lo primero: Morata por Costa, Bakayoko por Matic, Rudiger por Terry y Caballero por Begovic (además de vender a los jóvenes Aké o Chalobah). En la reciente Community Shield, la prueba más evidente sobre su preocupación.

Con Hazard y Bakayoko lesionados y Costa en la rampa de salida, Conte arrancará la temporada con 14 jugadores del primer equipo a su disposición. Además, ya no esconde su enfado o malestar con respecto a sus jefes. Todo ello, pese a haber firmado un nuevo contrato en julio. Una mejora salarial, que no una extensión. Quizás, un preludio de la tormenta que se aproxima a Stamford Bridge.

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