Durante muchos meses, la revolución china que amenazó el fútbol europeo tenía a un futbolista en concreto en el punto de mira. Se trataba de Wayne Rooney, emblema del balompié británico durante la última década. El delantero estuvo cerca de emigrar al continente asiático a principios de año. De haberlo hecho, se convertiría en el jugador mejor pagado del planeta.

Sin embargo, el gobierno chino metió mano en el asunto desmedido que vivía el fútbol de su país. Rooney, al igual que otros tantos (véase Diego Costa), se quedaba sin billete para Asia. ¿Y ahora qué? Pues nada mejor que volver a su casa. A Merseyside. Para volver a vestir la camiseta con la que nació. La del nuevo y ambicioso Everton.

La operación Lukaku aceleró todo. El Manchester United endulzó todavía más la estratosférica suma permitiendo regresar a Wayne, trece años después, con la carta de libertad. Volvía al lugar donde se convirtió, por aquel entonces, en el más joven anotador de la historia de la Premier League. Era 2002 y lo lograba, nada menos, acabando con la racha de treinta partidos invicto del Arsenal.

Pese a todo, existían dudas. Tal vez era un simple retorno romántico, y el otrora hijo pródigo jamás recuperaría su mejor nivel. Pero algo estará haciendo bien Ronald Koeman, porque su ariete es hasta ahora el único goleador de su equipo en este curso, con dos tantos que han sumado cuatro puntos. Rooney es la referencia del Everton en ataque, beneficiado por la movilidad de centrocampistas como Klaassen o la velocidad de los jóvenes Calvert-Lewin o Lookman. Y lo hará todavía más con la incorporación de Sigurdsson.

Nada como alcanzar la histórica cifra de 200 goles en Premier en casa del Manchester City, su enemigo de siempre. No en vano, también en el Etihad alcanzó sus tantos número 50 y 150. Como para que no le tengan cariño por allí…

La temporada es larga y no ha hecho más que comenzar. Pero pocos habrían imaginado que el romance entre Rooney y las gradas de Goodison Park entrase en ebullición tan pronto.

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