Si el fútbol ostenta la condición de monarca entre todos los deportes, será porque goza de privilegios que otras disciplinas no tienen. Uno de ellos es la fortuna de vivir ajeno a la perpetua sospecha de dopaje que planea sobre el atletismo o el ciclismo. Pero, como en cualquier práctica de alta competición, cuesta creer que no haya quien busca ayuda en los márgenes de lo reglamentario para obtener ventaja en algo tan lucrativo. El grupo de hackers rusos Fancy Bears acaba de revelar documentos de la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) sobre 350 casos de dopaje de futbolistas entre 2015 y 2016 que, sostiene, habrían sido silenciados con la connivencia de la FIFA.

Según esa información, hubo cinco casos en el Barcelona (dos de ellos por cannabis) y cuatro en el Real Madrid, si bien los positivos afectan a todas las grandes ligas europeas. Ninguno de esos supuestos dopajes trascendió. Los documentos filtrados tampoco facilitan nombres de los jugadores sometidos al análisis.

Sí se descubre la identidad de aquellos futbolistas que durante el Mundial de Sudáfrica 2010 contaron con una exención por motivo terapéutico para consumir sustancias prohibidas. Entre los nombres más populares figuran el chileno Fabián Orellana, el holandés Dirk Kuyt, los italianos Camoranesi y Iaquinta, el alemán Mario Gómez, y los argentinos Diego Milito, Tévez, Verón y Samuel.

El principal valor de esta filtración de los piratas informáticos favoritos de Vladimir Putin radica en la necesidad de mantener la alerta sobre el dopaje en el fútbol, donde los casos son esporádicos y suelen pasar bajo el radar. Y eso pese a ejemplos recientes, como el de este mismo verano en River Plate o la sospecha alrededor de la selección rusa que acudió al Mundial de Brasil 2014. Todos más serios que cuando se reveló el llamado “dopaje de los coquetos” que afectaba a los futbolistas que, como Romario, consumían productos contra la alopecia.

No parece que esta filtración de Fancy Bears vaya a tener un gran impacto en el deporte, sobre todo por la falta de nombres concretos que atraigan el interés constante de medios y público. Mientras, el mundo del balón sigue más preocupado del llamado “dopaje financiero” o de otro tipo de hackeo, el de las cuentas de Twitter:

 

 

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