A Carletto ya no le funciona la mano izquierda. El campeonísimo italiano, acostumbrado a ganar vestido de corto y desde el banquillo, se labró una fama de entrenador hecho a medida para gestionar grupos de estrellas. Mascando chicle con relajo, Carlo Ancelotti ha observado cómo las plantillas del Milan, el Real Madrid o el Chelsea corrían con gusto por él, el míster con aura de vencedor y que sabía siempre el grado de exigencia que aplicar a sus astros. Pero en Alemania se le está congelando la sonrisa. Hecho un basilisco, Franck Ribéry evidenciaba delante del todo el Allianz Arena que el poder de convicción del técnico se desvanece.

El Bayern Múnich ganó 3-0 al Anderlecht en su estreno en la Champions League. Los belgas jugaron con 10 durante 80 minutos y ni aun así el fútbol de los bávaros brilló. Anotaron Lewandowsky, Thiago y Kimmich en una goleada que no sutura las heridas en casa del campeón alemán.

En este Bayern los veteranos se enfadan, Hummels hace el idiota y el goleador se quiere ir. Thomas Muller, mito y bromista oficial del Bayern, señaló directamente a Carletto por su suplencia, diciendo que sus talentos “no están bajo demanda” en la actual etapa. La prensa culpa a Ancelotti, quien tal vez pensó que recogía una bicoca cuando Pep Guardiola dejó vacante la poderosa plaza para irse a la Premier League. Pero está descubriendo que aquello fue un regalo envenenado. El ahora técnico del Manchester City no logró hacer al Bayern campeón de Europa, pero sí dejó en prensa y aficionados un recuerdo de belleza y efervescencia, de un fútbol atractivo e innovador que obligó a girar las miradas de Europa hacia la Bundesliga.

Lo único que evitó el bostezo anoche en el estadio fue una acrobacia de enorme plasticidad y nulo provecho de James Rodríguez.

El torneo doméstico acaba de empezar, pero los muniqueses son sextos. Están en un abismo clasificatorio, comparado con las alturas que suelen ocupar. La culpa de esa posición la tiene la derrota contra la sensación Hoffenheim dirigida por Julian Nagelsmann, el técnico treintañero al que ya adjudican el banquillo de Carletto. Mientras, con el guante de seda de su mano izquierda tal vez ajado por el uso, a Ancelotti le resta sacar el puño de hierro o cambiar la gélida Baviera por la humedad de China.