Por desgracia para la UEFA, la imagen de la jornada inaugural de la Champions League 2017/2018 no está en las goleadas de PSG o Manchester City, en la exhibición de Messi, en el regreso de Cristiano Ronaldo o en el desplante de Ribéry a Ancelotti. La estampa que merece más atención sucedió en Eslovenia, durante el encuentro con menos solera de los disputados estos dos días, un MariborSpartak de Moscú. Los ultras del equipo ruso dispararon una bengala que atravesó el terreno de juego desde un fondo hasta el círculo central y que a punto estuvo de impactar contra el árbitro del partido, Deniz Aytekin. Las imágenes del incidente producen tanto espanto como vergüenza.

Aytekin estaba en la diana (figurada) de los medios de comunicación antes de que rodase el balón. El encuentro de anoche era su regreso a la mayor competición continental de clubes tras el castigo que la UEFA le impuso por su discutida actuación durante la remontada del Barcelona frente al París Saint-Germain en la temporada anterior. El árbitro salió da la nevera para convertirse en diana (literal) de los radicales del Spartak. La UEFA aún no ha comunicado las sanciones por el incidente.

Ni todo el oropel del millonario torneo puede camuflar un problema que todavía castiga a demasiados estadios. Los grupos violentos organizados siguen escapando al control de las instituciones deportivas pese a que las sanciones se acumulan. Tan solo en la pasada edición de la Liga de Campeones, el Comité Disciplinario del fútbol europeo cerró durante tres partidos el campo del Dinamo de Kiev por conducta racista y disturbios causados por sus ultras, la misma medida que adoptó por el comportamiento de los radicales del Legia de Varsovia.

Pero si se cierran los estadios, la violencia asociada al fútbol se traslada a las calles, como se demostró durante la Eurocopa de Francia de 2016 con las peleas entre supuestos aficionados ingleses y (de nuevo) rusos en el centro de Marsella.

 

Si la violencia organizada puede viajar por Europa es porque la lacra no se ataja a nivel local, donde la responsabilidad es de clubes y federaciones antes que de la UEFA. Y tampoco es necesario viajar allende los Cárpatos para contemplar barbaridades. El Sporting de GijónOviedo de la Segunda División española contó este fin de semana con un prólogo en forma de algarada violenta protagonizada por una facción del graderío local que se saldó con doce detenidos.

Por si a alguien todavía le pudiese interesar, habría que aclarar que, pese a la bengala, el MariborSpartak de Moscú se siguió jugando y terminó 1-1. Ocurre que, cuando los ultras entran en juego, lo que sucede en el césped deja de importar automáticamente. A ellos les da igual. Si no se pueden pegar dentro del estadio ya se ocupan de hacerlo fuera. Las orillas del río Drava también ardían ayer con sus bengalas.

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