La prensa madridista hace semanas que se apuró a situar al delantero joven de moda en el fútbol europeo, el alemán Timo Werner, en el radar de fichajes del Real Madrid. Si finalmente el rubio ariete acaba vistiendo de blanco, ya podemos decir que sabemos una cosa con certeza: los habituales pitos de la exigente afición del Santiago Bernabéu hacia sus estrellas no lo van a intimidar. Al pobre Werner le sonarán a una dulce sinfonía comparado con lo que padeció en la derrota de su equipo, el RB Leipzig, en el campo del Besiktas durante la segunda jornada de la fase de grupos de la Champions League.

El jugador de 21 años solicitó el cambio en el minuto 30 del primer tiempo. Minutos antes se había acercado al banquillo solicitando unos tapones para los oídos. Se le vio deambular solo en el campo, mientras su equipo defendía, tapándose las orejas y con síntomas de malestar. Su entrenador accedió a la petición de su figura (seis goles en ocho partidos de la presente temporada) y sustituyó al mareado muchacho.

A estas horas la prensa y la afición turca celebran con orgullo lo sucedido. Porque lo que afirman que pasó es que el jugador no pudo soportar el infernal barullo procedente de las 42.000 gargantas que llenaron el Vodafone Park de Estambul para ver la victoria por 2-0 del campeón otomano.

Los hinchas de Turquía expresan su pasión de un modo que puede llegar a amedrentar. Si no, que se lo pregunten a todos los jugadores que viven agobiantes recepciones multitudinarias en los aeropuertos cuando fichan por un club de la Süper Lig. De entre las diferentes y ardorosas aficiones del país, la del Besiktas tiene muy a gala ser la más chillona.

Ocurrió en 2007, en otro partido de la máxima competición continental de clubes. El Liverpool jugó contra el equipo blanquinegro y los jueces de los Récord Guinness midieron 132 decibelios de ruido en el estadio estambulí, el mayor registro en un recinto de fútbol (el campo de los Seattle Seahawks de la liga estadounidense de fútbol americano marcó 136,6 dB en 2013).

El referente para estos casos es siempre el mismo. Sí, la hinchada del Besiktas rugió más que los 130 dB atribuidos al despegue de un avión y amenazó con llegar al umbral del dolor provocado por el sonido, que se sitúa en los 140.

Lo que sigue es un vídeo de la noche de autos:

Según la prensa otomana, Werner explicó al final del encuentro que no pudo concentrarse en el partido: “Pedí unos tapones y tampoco me ayudó. Todavía no me siento bien”. El técnico del Leipzig, Ralph Hasenhüttl, concedió también que “hubo un ruido ensordecedor y al principio nos afectó un poco”, pero también dejó un recado a su imberbe delantero: “Fue una lección para todos nosotros y vi con quien puedo contar en situaciones como esta”. Ojito, Timo Werner.

El medio alemán Sport Bild mantiene un relato diferente. Afirma que el atacante manifestó estos días unos problemas circulatorios. La dolencia le provocaría mareos que, por recomendación médica, intentaba paliar tapando los oídos. Si nos guiamos por la navaja de Ockham, aplaudiremos a la grada turca por dejar al rival sin su figura.

De todos modos, la afición del Besiktas también sabe callar cuando la ocasión lo merece. En la anterior edición de la Champions, coincidiendo con la visita del Benfica, los hinchas realizaron el primer grito colectivo en lenguaje de signos en un estadio de fútbol. El gesto, lleno de valor al tratarse de los fans más estruendosos del fútbol europeo, fue una acción solidaria contra el racismo y para concienciar de los derechos de las personas con discapacidades auditivas.

 

No Hay Más Artículos