En la era de los Guardiola, Simeone o Zidane, uno puede tener la tentación de pensar que todos los grandes jugadores llegan a convertirse en grandes entrenadores. No hace falta poner la lupa en algún caso más para darse cuenta de que eso no es así y Leonardo es un buen ejemplo. Al menos por ahora, ya que el brasileño ha decidido aceptar un nuevo trabajo como técnico seis años después de que sus dos primeras experiencias no terminaran demasiado bien.

El que fuera uno de los puntales de la selección brasileña que ganó el Mundial de 1994 y quedó subcampeona cuatro años después en Francia, no ha podido llevar al banquillo sus éxitos sobre el verde. Brilló en el Milan, con el que ganó Liga y Champions y fue precisamente donde comenzó su carrera como técnico. Duró un año tras la marcha de Ancelotti, antes de irse al eterno rival, el Inter post Mourinho que se llevó por delante a Benitez y también a él meses más tarde. Ahí logró la Copa de Italia, su mayor éxito hasta el momento.

Después de un tiempo en los despachos del PSG, camiseta que también había vestido como jugador, Leonardo vuelve ahora a la pizarra para tratar de relanzar su carrera y, al mismo tiempo, enderezar el rumbo de un equipo con más estrellas que nombre. Se marcha al fútbol turco para coger las riendas del Antalyaspor, donde militan, entre otros, jugadores como Eto´o, Nasri, Menez o Djourou. El camerunés incluso probó también en el banquillo, algo que no cuajó.

El inicio del conjunto otomano no ha sido demasiado bueno. Marcha 13º en la liga y viene de lograr su primer triunfo en seis jornadas justo el día que su antecesor dejaba el cargo. Leonardo, cuya adaptación será más sencilla gracias a los seis brasileños que tendrá a sus órdenes, tiene por delante varias pruebas para saber definitivamente si sirve para este trabajo. Una de ellas, controlar un vestuario lleno de egos.

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