Cuando Ronald Koeman llegó a Goodison Park en verano del 2016 lo hizo con un discurso muy claro. Era una progresión lógica en su carrera. El holandés pensaba así sobre su salto desde el Southampton al Everton. Dos clubes que, en su opinión, no se pueden comparar. Caprichos del destino, es bastante probable que su etapa en su actual club dure menos que en la de su anterior casa.

Muy felices se las prometía Koeman hace meses, pues su Everton era uno de los grandes protagonistas del mercado de la Premier League. Perdían a su artillero, Romelu Lukaku, pero invertían un dineral en refuerzos, a priori, más que interesantes. Así, apuntabalan su entramado defensivo con el meta Pickford y el zaguero Keane; reforzaban su medio del campo con el brillante Sigurdsson; e intentaban recuperar a su hijo pródigo, Wayne Rooney.

Sin embargo, apenas unos meses han servido para comprobar cómo la sombra de Lukaku es inmensa y que la pizarra del técnico holandés ya no funciona. Los números del Everton son un desastre y la sonora derrota dominical frente al Arsenal (2-5) puede haber supuesto la sentencia para Koeman. Los datos que se extraen de los Toffees en este partido son demoledores.

Así las cosas, el Everton se acomoda ahora en la zona de descenso. Y a ello hay que añadir su lamentable campaña europea, que les ha llevado a ser últimos en su grupo de Europa League (incapaces de vencer en su estadio al Apollon Limassol). Según medios británicos, Koeman se encuentra al borde del despido y uno de los principales candidatos a reemplazarle es un viejo conocido de Goodison Park.

No es otro que David Moyes, caído en desgracia desde su salida del Everton. El que fuera considerado heredero de Sir Alex Ferguson en Old Trafford fracasó también después en la Real Sociedad y especialmente en el Sunderland, con el que descendió la temporada pasada. Pero ya se sabe, visto lo visto con Rooney: en Goodison son unos nostálgicos.

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