Atlético Nacional cayó en los penaltis frente al Tolima y quedó eliminado del playoff de la Liga Águila de Colombia en cuartos de final, la misma ronda en la que ya había sido derrotado en el torneo de Copa. Alrededor del estadio, una turba de hinchas bramaba contra el que consideraban responsable del fiasco de los verdolagas de Medellín: Juanma Lillo. El entrenador tolosarra había ocupado el asiento que dejó vacante en el banquillo Reinaldo Rueda quien, comandando a jugadores como Miguel Borja o Marlos Moreno, había conquistado seis títulos y convertido a Nacional en el mejor equipo de América, campeón de la Libertadores en 2016. Defraudadas las expectativas y, para aplacar los ánimos de algunos aficionados exasperados, Lillo acaba de presentar su renuncia al cargo.

Lo hizo pese al apoyo público que jugadores y directiva le habían demostrado horas antes en la sala de prensa, el escenario en el que el técnico español nunca falla. Porque a veces los equipos de Lillo no funcionan sobre el campo, pero no será porque a su míster le falten ideas. Con su habitual locuacidad, citó a Antonio Machado: “Yo me jacto de mis propósitos, no de mis logros”.

El club colombiano confirmaba el martes a través de un comunicado el adiós que se rumiaba desde la eliminación, pero defendiendo la apuesta personal del presidente del club, Andrés Botero: “Las referencias que Atlético Nacional tenía del entrenador Lillo en el momento de la contratación fueron excepcionales y después de este tiempo trabajando al frente del equipo, la institución ratifica su calidad profesional y personal”.

Esas referencias son las que han marcado la trayectoria profesional de Lillo, tanto para bien como para mal. Es así desde su irrupción como una figura fascinante en el fútbol español, cuando se convirtió, con 29 años de edad, en el técnico más joven en la historia de la Primera División. Era el año 1995 y Juan Manuel había devuelto a la UD Salamanca a la máxima categoría. En un mundo fascinado habitualmente con los llamados “códigos del vestuario”, representó algo casi contracultural: era algo así como un intelectual del fútbol, figura retórica que sirve tanto para elogiarlo como para insultarlo.

Volviendo a Machado, los propósitos de Juanma Lillo siempre han sido los mejores, pero sus logros no han estado a la altura del pedestal en el que lo situó la admiración de gente como Pep Guardiola. El ahora entrenador del Manchester City había prometido que Lillo sería entrenador del Barça si la candidatura de Lluís Bassat, en la que Pep iba como director técnico, ganaba las elecciones a la presidencia del club. Era 2003 y para entonces el de Tolosa ya despertaba suspicacias. Su camino acabó en otros clubes como Real Sociedad o Almería.

Juanma Lillo, venerado por aquellos que se apasionan por los secretos del juego, hizo las Américas y acabó junto a uno de los entrenadores emergentes de la escena mundial, Jorge Sampaoli, a quien ayudó a confeccionar la mejor selección chilena de los últimos tiempos y a mantener al Sevilla en Champions League. Pudiendo irse a enseñar a Leo Messi a la selección argentina con su socio, el segundo decidió volver a situarse sobre un foco potente, como el de Atlético Nacional.

De nuevo, sus ideas no han bastado para imponerse a las pasiones y, mucho menos, a los resultados. Los estudiosos del fútbol aguardan ahora para saber cuál será el próximo paso de Lillo. Lo decía el poeta: “Se hace camino al andar”.