En la Premier League, los futbolistas cobran a la semana. Algunos de ellos, los más privilegiados, cifras de varias miles de decenas, incluso unos pocos alcanzan los centenares. Auténticos dinerales para jóvenes en su apogeo físico, de belleza, de fama, de creerse indestructibles. Para ellos, de nuevo, un ejemplo de que todo puede acabar muy mal y muy rápido. Emmanuel Eboué llena titulares en la prensa británica por su terrible historia personal, otro juguete roto del mundo del deporte, un futbolista competente que lo tuvo todo e igual que lo tuvo lo perdió, además en un tiempo récord.

En una entrevista convenientemente explotada por el poco sutil Daily Mirror, con varias piezas incluido un test con preguntas sobre su carrera como para desdramatizar, todo hecho desde lo que parece un hotel anónimo porque Eboué dice tener que estar huyendo de los policías, el exfutbolista de Arsenal y Galatasaray explica su nuevo estatus de sin hogar, acogido ocasionalmente en el incómodo suelo de la vivienda de un amigo, lavando la ropa a mano donde puede. Asegura que un complicado divorcio le ha costado casi un millón de libras, cinco viviendas y varios coches. No puede ver a sus dos hijos adolescentes. “Quizás si me tropezase con alguno con o contra los que solía jugar, pasaría vergüenza. Pero me recompondría”, dije Eboué sobre la vida en Londres que tiene que llevar hoy en día.

El exinternacional por Costa de Marfil aún es joven, 34 años, pero lleva tiempo sin jugar por una vieja sanción de la FIFA a costa de una deuda con un exagente. Y dice estar enfermo, aunque la entrevista del Mirror no especifica de qué. Eboué no piensa en la retirada, más que nada porque necesita el dinero. Tras su mejor época ne el Arsenal, salió buscando el contrato grande en el Galatasaray, y ahí empezó a descarrilar. Cuando el mismo año murieron su abuelo y un hermano, entró en depresión. El resto vino por sí solo. “Gané 8 millones en Turquía, de esos siete se los mandé a mi mujer. Lo que ella firmaba, yo hacía”, resume Eboué.

Por no tener, Eboué no tiene ni teléfono móvil. “Solía intercambiar mensajes con Arsene Wenger, pero perdí el móvil y todos mis contactos”, dijo el exlateral de los Gunners. Eboué confía en que ya sea el Arsenal o algún excompañero pueda echarle una mano, y más de una vez habló de la posibilidad de un suicidio. La llamada de socorro del africano es, también, un serio aviso para los veinteañeros que ahora se creen intocables por los dioses del fútbol.

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