Hace años que el mundo anglosajón (sobre todo Estados Unidos) insiste en la necesidad de abrir un serio debate sobre los golpes en la cabeza en el fútbol y el impacto en los niños de las repeticiones de remates y despejes con la testa. Desde la perspectiva latina sorprendía un poco la incidencia en este aspecto (hasta el punto de querer prohibir los lances aéreos del juego) cuando el fútbol americano hace muchos esfuerzos por ocultar los terribles problemas neurológicos de un porcentaje considerable de exjugadores. Incluso en Inglaterra se miraba con cierta condescendencia esta actitud a pesar del ejemplo de Petr Cech y su brutal lesión que estuvo a punto de costarle algo más que la carrera futbolística, y que desde entonces recuerda su peculiar chichonera. Quizás el caso de Ryan Mason refuerce los argumentos de quienes busquen una mayor protección física en el fútbol.

En enero del 2017, la cabeza de Ryan Mason tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de la cabeza de Gary Cahill, en un impacto tan brutal cuyas secuelas han obligado al centrocampista del Hull City a dejar el fútbol profesional a la edad de 26 años. La fractura de cráneo es ahora un recuerdo en forma de tremenda cicatriz que le cruza la cabeza, pero los médicos le han pedido que por favor se aleje de la posibilidad de recibir otro golpe en la zona. “He trabajado sin descanso para poder volver a los campos, pero tras seguir el consejo médico no me queda más opción que retirarme por la naturaleza de mi lesión”, dijo Mason en su cuenta de Instagram.

Ryan Mason era una promesa del fútbol inglés, canterano del Tottenham y curtido en infinidad de cesiones hasta que el Hull City pagó casi 16 millones de euros por un centrocampista en la frontera de la selección inglesa, con la que llegó a debutar. El encontronazo con Cahill frenó en seco su carrera. Pero al menos salvó su vida fuera de los campos, y eso es algo que aprendió a valorar en los 13 meses de dolorosa rehabilitación. Mason valoró su situación el día que fue capaz de llevarse a la boca  un vaso con zumo de naranja. Para fijar la fractura de su cráneo fueron necesarias 14 placas de metal y 42 grapas. Mason comenzó el 2017 con la lesión que le ha apartado del fútbol y lo cerró cogiendo en brazos a su primer hijo. La vida encuentra sus caminos y para el ya exfutbolista ahora tiene un nuevo significado.

No Hay Más Artículos