Horas antes del encuentro, se extendía el rumor por Londres de que la nieve podría dar al traste con el espectáculo. Para el Arsenal, tristemente, casi hubiera sido un alivio. Días después de ser arrollado en la final de la Carabao Cup, los Gunners han vuelto a ser humillados por el Manchester City (0-3). Esta vez, en su estadio, ante una afición desquiciada por la irrisoria inferioridad de su equipo frente al futuro campeón de la Premier League, ya campeón de la Copa de la Liga, quién sabe si de la Champions. 

Los de Pep Guardiola liquidaron el choque en apenas quince minutos de la primera mitad. El marcador lo abrió Bernardo Silva, uno de sus estelares fichajes y habitual suplente (!), que superó a Petr Cech con un soberbio disparo con la zurda. Poco después, el otro Silva, David, batía al checo tras una deliciosa dejada del Kun Agüero. Comenzaba la lluvia de abucheos en el Emirates ante el rendimiento del Arsenal y viendo la exhibición del City. 

Mención especial merece el 0-3. El Arsenal, desesperado, intentó presionar en campo rival, a lo que el Manchester City respondió tocando y saliendo con el esférico controlado en una especie de vacile. David Silva habilitó al ariete argentino, que a su vez abrió a la derecha para que Walker asistiera al soberbio Leroy Sané en el segundo palo. Parecía un equipo de profesionales contra otro de aficionados. Y a la jugada siguiente, Cech evitó el 0-4 que antes del descanso ya hubiera sido demasiado hiriente. La paliza era sonrojante.  

Los londinenses tiraron de cierto orgullo tras el paso por vestuarios y subieron las revoluciones. A causa de ello, Otamendi cometió un claro penalti sobre Mkhitaryan, pero Ederson despejó el lanzamiento de Aubameyang, en otra demostración de que para el Arsenal hubiera sido mejor ni saltar al campo. Quitando eso, el Manchester City controló el segundo acto sin apenas esfuerzo, e incluso volvió a rozar el cuarto en alguna ocasión. 

La sentencia para el Arsenal no llegó en forma de gol, sino con la introducción de Yaya Touré, un jugador al que Guardiola no metía ni en las pachangas y que lució un evidente sobrepeso. Fue la deshonra definitiva para los Gunners, a esas alturas huérfanos de apoyo en las gradas debido a otra claudicación a los pies, a las botas más bien, del huracán Manchester City.

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