Dos de los banquillos más codiciados del fútbol europeo estaban en juego en la eliminatoria de octavos de final de la Champions League entre el Real Madrid y el París Saint-Germain. A Unai Emery le entregaron una plantilla para que elevase a los parisinos a la élite europea. Cayó con estrépito hace un año ante el Barcelona, encajando una inconcebible remontada en el Nou Camp. El millonario dueño del PSG, Al-Khelaifi, puso a uno de sus verdugos de entonces, Neymar Jr., a su disposición. Con él, Mbappé y otra constelación de estrellas bajo su mando, el entrenador vasco sabía mejor que nadie que los torneos locales, la Ligue 1 y las copas francesas, eran apenas un rodaje para el objetivo real en la mente del jeque: el prestigio continental. Un nuevo fracaso, con claras derrotas ante los madrileños en la ida y en la vuelta, precipitarán el despido de Emery al final de la temporada. Los mismos periódicos que ofrecen la crónica de su fiasco ya ofrecen listas de posibles sustitutos. Pobre Unai. 

Zinedine Zidane sabía lo mismo que Emery: que en su club primero importa la Copa de Europa, después de la Copa de Europa y, finalmente, derrotar al Barça en la competición que sea, tanto da La Liga, que la Copa del Rey, que la Supercopa. Cuanto más se extendía el parón invernal del torneo continental, más se cuestionaba la continuidad del francés en el banquillo. Eliminado del trofeo copero local y extraviado en la lucha por el título de la regularidad, Zizou anhelaba el retorno de la Champions. Una eliminación tempranera podía costarle el puesto, por mucho PSG que estuviese delante. Pero si un entrenador del Real Madrid debe jugarse su empleo en una competición, hará bien en apostar por esa que el club siente como propia. Una colección de una docena de orejudas en su vitrina justifica ese arraigo. 

El francés, que conoció como futbolista el vestuario merengue, los hábitos y costumbres de un equipo de estrellas, sabía que el mismo grupo indolente de una visita de fin de semana a Girona o Getafe, escenarios de alguna de las pájaras madridistas de esta temporada, hincha el pecho como un gallo ante una propuesta atractiva: la Champions, el rival llamado a destronarlo a golpe de talonario, la expectación del planeta fútbol. Jugadores como Sergio Ramos o Marcelo, capaces de bostezar ante un equipo modesto, jamás perderán la ocasión de pavonearse ante un oponente que cuestione su supremacía. 

Sabía también Zidane que contaba con Cristiano Ronaldo, goleador en todos y cada uno de los partidos de esta edición del torneo europeo. Sabía que nada satisface más a quien se cree mejor que los demás, que demostrarlo. Y Zizou aprovechó eso. 

Lo referido hasta ahora habla de la capacidad del entrenador galo para comprender la idiosincrasia de un vestuario que, acostumbrado a ganar por puro talento, semeja poco predispuesto para el esfuerzo hasta que le señalas cuál es exactamente ese esfuerzo que merece la pena. Pero en París Zidane ejerció además de aquello que algunos emplean para desacreditar su valor como entrenador: alineador. El marsellés alineó, escogió a once futbolistas que no eran los once futbolistas que muchos hubiesen escogido: eligió a Kovacic y a Casemiro; eligió a Lucas Vázquez y Asensio; eligió, como siempre, a Benzema

No formaron en el equipo favoritos del público y de la prensa madridista, como Isco, ni tampoco favoritos del palco, como Bale. Tampoco lo hizo, renqueante como estaba, la pareja que dirigió al Madrid a la victoria en las dos últimas ediciones de la Champions, Kroos y Modric

De un plumazo, el mejor Real de la temporada, uno que recordó a ese campeón siempre fiable en los momentos de mayor vértigo, empequeñeció al PSG y convalidó unos cuantos créditos más a Zidane del máster de entrenador. En su Madrid formaron y rindieron intocables como Cristiano y Ramos; favoritos suyos como Benzema y Keylor Navas, el portero que prefirió a Kepa; jóvenes españoles al gusto del Bernabéu; y complementos de fondo de armario como el croata Kovacic

Ante los gestos exasperados de Al-Khelaifi en el palco del Parque de los Príncipes, Florentino Pérez se convenció de que, a pesar de los fiascos en Liga y Copa, el Real Madrid tiene un entrenador al que abrazarse.

Al menos hasta los cuartos de final de la Champions, claro. 

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