Barcelona y Roma nos engañaron. Los blaugrana, con algunos de los mejores futbolistas del mundo en nómina, jugaron con la cautela de un equipo rácano. Los italianos anunciaban un 4-3-3 que acabó siendo un 4-5-1 para defenderse en campo propio. Que el partido que disputaron acabase con cinco goles solo podía suceder si ocurría algo extraño. Y así fue: los visitantes se anotaron en propia meta los tantos que el dueño del Camp Nou era incapaz de encontrar y de esa forma se abrió un marcador que terminó con un 4-1 y el Barça prácticamente clasificado para las semifinales de la Champions League

Cuando repose la alegría por haber superado virtualmente la eliminatoria, habrá aficionados barcelonistas que se pregunten si la propuesta del entrenador Ernesto Valverde se puede sostener. De todos los grandes equipos que han comparecido en esta ronda de cuartos de final, el catalán ha parecido el más timorato. El Real Madrid goleaba a domicilio al líder italiano, la Juventus, un día antes. En su propio campo y ante el tercer clasificado del calcio, una Roma que está a 18 puntos de la Juve, el Barcelona rechazó el vértigo. Dispuso un 4-4-2 en el que los centrocampistas taparon y rara vez los laterales subieron. 

Con un Busquets entre algodones y un Rakitic que fue el mejor jugador del partido, los culés apostaron por contemporizar. Tan poco hicieron que tuvo que ser De Rossi, en propia puerta, quien abriese el marcador. El capitán romano embocó donde no debía por pánico a Leo Messi, que amenazaba con llevarse la pelota de cara a gol. Así fue como actuó el argentino en una noche discreta para lo habitual en él. Ayudó a sus compañeros atrayendo la atención de hasta cuatro defensas italianos cada vez que entraba en contacto con el cuero.  

Se volvieron a despistar los de la Roma en el minuto 55 cuando Manolas rechazó batiendo a su portero antes de que lo hiciese Umtiti. Ese gol llegó justo cuando los visitantes habían dado un paso adelante. Di Francesco, el técnico elegido por Monchi, vestía anorak y foulard, demasiado abrigo para los 19 grados de la suave noche de la ciudad condal. Al menos destapó a su equipo en el arranque del segundo tiempo. Pese a la decepción del segundo gol y sobreponiéndose a la baja de última hora de Nainggolan, el belga que dota de carácter al equipo (a veces demasiado carácter), la Roma fue y fue. 

El Barça lo aprovechó para que Messi condujese un contragolpe que acabó, tras despeje del portero Alisson a Luis Suárez, en pies de un Piqué lanzado al ataque. 3-0. Pero todo seguía resultando engañoso. 

Así que la Roma perseveró y comprobó que hasta Ter Stegen tenía un mal día: perdió un balón ridículo y salvó un gol in extremis; luego se adornó con una palomita que trasladó más ganas de tapar su pifia anterior que otra cosa; y finalmente encajó en una buena jugada de Perotti, que sirvió para que Dzeko fusilase en los morros del portero alemán. 

Aquel gol, el único bueno de un partido feo y de goles igualmente horrendos, daba al menos el aliento suficiente al club italiano para soñar con una remontada en la ciudad eterna. Pero en el minuto 87 el encuentro de vuelta se convirtió en un trámite incómodo. De nuevo un mal rechace de un defensa de la Lupa dejó un balón muerto en el área. Por allí apareció como un poseso Luis Suárez, fatal el resto de la noche, para matar la eliminatoria. 

El Barcelona se imagina en semifinales, como lo hacen ya el Real Madrid, el Bayern de Múnich y el Liverpool. Lo que nadie habría pensado es que, de entre los cuatro club, los adalides del fútbol total se fuesen a presentar en la penúltima ronda con el disfraz más rocoso, dispuestos a ganar la Copa de Europa minimizando riesgos. Valverde se asustó con el correcalles del partido liguero en Sevilla y ha tomado una decisión: yo me ocupo de protegernos y de ganar ya se ocupará Messi.   

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