A pocos pudo sorprender el inicio del Manchester City – Liverpool. Después del resultado de la ida, en la que los de Anfield atropellaron al conjunto de Guardiola (3-0), estaba claro que los citizen saldrían en tromba para intentar remontar la eliminatoria. Así fue desde la alineación inicial del técnico catalán, que a diferencia de la semana pasada salió con todo.

Gabriel Jesus no tardó ni dos minutos en prender el incendio, culminando una rápida contra tras una recuperación de Fernandinho. El Ettihad volvía a creer y en apenas un cuarto de hora el City ya había pisado más el área de Karius que en todo el encuentro anterior. Silva, De Bruyne y Sterling entretenían por dentro para que Sané y Bernardo Silva atacaran desde la banda en una tormenta perfecta.

Los de Klopp resistieron multiplicándose. Salah y Mané como improvisados laterales para achicar todo el agua posible. La precipitación fue la característica principal de la mayoría de los ataques locales, por eso las ocasiones no llegaron hasta el final. Eso sí, fueron muy claras. Bernardo Silva disparó al palo y justo antes del descanso Sané marcó un gol que Mateu Lahoz anuló por fuera de juego, a pesar de que el balón venía de Milner.

Podría decirse que fue la acción que definió el encuentro y que desquició a Guardiola. El catalán le recriminó la acción al colegiado y acabó expulsado en el túnel de vestuarios. Hasta ahí llegó el Manchester City, como si no fuera capaz de reaccionar a la pérdida de su guía desde la banda.

En el segundo tiempo ya había algo diferente en el ambiente. Como un aroma a genio. Era Salah. El egipcio se ha consagrado como uno de los grandes del fútbol europeo en esta eliminatoria y no podía ser otro el que le diera la puntilla a la eliminatoria. Construyó una contraataque, asistió a Mané y cuando este no pudo rematar recogió el rechace para batir a Ederson. A Otamendi. Al sueño del City. No hubo más partido, sólo tiempo para que Firmino pusiera el último clavo en el ataúd con el 1-2 que ni siquiera dejó a los de Manchester la consolación de poder, al menos, ganar el encuentro.

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