El cañón del escudo del Arsenal disparó en la mañana del viernes una salva de honor: Arsene Wenger abandona el club londinense. Veintidós años después de su llegada, el entrenador francés dejará el cargo cuando concluya esta campaña. “Después de pensarlo cuidadosamente y tras discutirlo con el club, siento que el final de la temporada es el momento adecuado para que me vaya. Estoy agradecido por tener el privilegio de servir al club durante tantos y memorables años”, explicó el técnico en un comunicado conjunto con la dirección

No por esperada, la noticia es menos trascendente. Quizás Wenger no sea ya uno de los mejores entrenadores del mundo, pero nunca ha dejado de ser uno de los más importantes. El predominio de la Premier League sobre el resto de ligas nacionales se debe en parte a él, que aterrizó en un vestuario donde rudos jugadores locales bebían cerveza y deja otro que es un compendio de nacionalidades, suma de jóvenes talentos y figuras consagradas, que se entrena bajo criterios científicos.

Él operó una transformación de los usos y costumbres del fútbol inglés que hizo de su primer Arsenal una máquina ganadora, obligando a sus rivales a modernizarse para seguirle el paso. Wenger alfombró el camino por el que hoy caminan Mourinho, Pocchetino, Conte o Guardiola. Su sombra se proyecta sobre la mudanza del Arsenal desde el antiguo campo de Highbury hasta el futurista Emirates Stadium, el símbolo definitivo del cambio del fútbol inglés.   

El accionista mayoritario de los Gunners, Stan Kroenke, resumió así el paso de Le Professeur por el Arsenal: “Tres títulos de la Premier League, incluyendo una campaña entera invictos, siete triunfos de la FA Cup y 20 años sucesivos en la Liga de Campeones es un récord excepcional. También transformó la identidad del club y del fútbol inglés con su visión sobre cómo el juego puede ser jugado”. 

Wenger se va cuando el declive competitivo del equipo ha pasado de ser una novedad a una constante. Desde que perdió la final de la Champions League 2006 ante el Barcelona, el Arsenal solo ha sido capaz de ganar tres títulos de la FA Cup y ha perdido comba tanto en Europa como en el torneo doméstico, donde ya no es capaz de disputar ni fichajes ni títulos. La pasada campaña no pudo clasificarse para la principal competición continental y en esta no va a poder subir del sexto puesto. El enorme crecimiento competitivo y económico del fútbol inglés, el mismo escenario devorador de talento internacional que él ayudó a construir, es el que ha acabado por provocar su adiós. 

El club tiene dos propósitos de aquí a final de temporada: intentar ganar la Europa League para despedir con un gran triunfo a su histórico técnico de 68 años (tendrá que superar al Atlético de Madrid para lograrlo) y, algo más importante aún, encontrar un entrenador capaz de volver a propulsar al Arsenal hacia un futuro victorioso

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