La Champions League, como toda competición del máximo nivel, se cobra caros los errores. Más todavía cuando se cometen en semifinales. Si no lo sabía, se enteró el Bayern de Múnich contra el Real Madrid y también la Roma frente al Liverpool, al borde de otra histórica remontada frustrada por fallos incomprensibles. El conjunto inglés, como el español, está en la final por aprovechar al máximo sus virtudes, pero también por conceder el menor número de regalos a sus rivales.

El señalado esta vez fue Nainggolan, que cuando no se habían consumido 10 minutos de partidos le entregó el balón a Firmino en el centro del campo. El brasileño, ese tipo de delantero con cerebro de centrocampista, condujo la contra a la perfección y dejó a Mané sólo delante de Alisson, que no perdonó.

Y eso que había empezado bien la Roma. Consciente de que el pase a la final exigía una actuación similar a la que llevaron a cabo ante el Barça, Di Francesco prescindió de uno de sus tres centrales para añadir un centrocampista. Descubrió en Anfield que el tridente ‘red’ es imparable cuando coge velocidad y su intención era secar la fuente con una presión altísima. Con Dzeko como estilete puso en peligro en varias ocasiones la meta de Karius y pronto empató en otro esperpento. Un despeje de Lovren que rebotó en la cara de Milner para colarse en la portería.

La afición local todavía creía, sobre todo porque cualquiera no llamado Van Dijk no daba gran sensación de seguridad en la defensa del Liverpool. El problema es que la cobertura romana todavía hacía más agua. En la segunda llegada británica al área rival, un saque de esquina dejó el segundo tanto después de dos malos despejes que le dejaron el balón a Wijnaldum en el área pequeña.

Tras el descanso la Roma salió dispuesta a quemar las naves. Empujar hasta donde le llegaran las fuerzas. Le dio para empatar gracias a un tanto de Dzeko, el mejor de su equipo, y para hacer dudar al Liverpool durante diez minutos. Pero iban ya muy justos de gasolina y convicción y el último arreón llegó demasiado tarde. Nainggolan con dos goles dejaba el partido a un paso de la prórroga, pero ni siquiera hubo tiempo para que los romanos lo intentaran.

Y así, sin siquiera necesitar la mejor versión de Salah en la vuelta y con el espectáculo habitual (13 goles entre ellos y su rival en esta eliminatoria), el conjunto inglés volverá a pelear por el máximo título europeo once años después de su última final. En aquella ocasión cayó ante el Milan. Esta vez, los de Klopp tendrán la difícil misión de hacer algo que nadie ha logrado en el continente en los últimos años: frenar al Madrid de Zidane.