Fortunato Fogagnolo, un modesto campesino de la región del Véneto, embarcó con rumbo a Brasil a principios del siglo XX. La fortuna de su nombre la heredó su bisnieto, que vino al mundo en 1982 en Sao Bernardo do Campo, con un nombre tan brasileño como Thiago y un apellido tan italiano como Motta. A punto de cumplir 36 años, el descendiente de aquel emigrante anuncia su retirada como uno de los futbolistas con mejor palmarés del siglo XXI en Europa y con una nueva tierra de adopción, Francia

“He pasado aquí años muy agradables y lo que siento ahora es que este debe ser el último club de mi carrera”, declaró Thiago Motta a L’Equipe, anunciando su intención de colgar las botas para coger la pizarra y hacerse entrenador en las categorías inferiores del París Saint-Germain. El centrocampista, que apenas ha disputado 1.000 minutos repartidos en 25 encuentros durante esta temporada, ha ido viendo menguar su rol de organizador del acaudalado equipo galo conforme ascendía el de jugadores como Rabiot, Verrati o Lo Celso. El fichaje de Lass Diarra fue la confirmación de que su momento en el club había pasado ya.

En su casa de París debe de guardar los recuerdos de una treintena de títulos logrados en las competiciones nacionales de España, Italia y Francia, así como un Mundial de Clubes y dos Champions League. De estas últimas conserva un recuerdo agridulce, ya que no jugó ni en la final ganada con el Barcelona en 2006 ni en la del Inter de Milán en 2010. Las lesiones le privaron a menudo de continuidad, tanto que cuando el Atlético de Madrid lo fichó tras pasar por el Barça, solo pudo jugar seis partidos en el Calderón tras lastimarse una rodilla. Reconstruyó su carrera en tierra de su bisabuelo, primero en el Genoa, después al dictado de Mourinho en el Inter y, finalmente, se hizo capitán general en este PSG que iniciaba su transición hacia coloso europeo. 

A los equipos de chavales que entrenará desde ahora les podrá enseñar todas sus contradicciones, las que hacían de Thiago Motta el menos brasileño de los brasileños y el más italiano de los italianos, un pivote sacrificado, en ocasiones más duro de lo requerido y con más fantasía para el tackling que para el regate. También un medio de juego sencillo, sin alharacas, un jugador de equipo que aprovecharon entrenadores y clubes de muy diferente pelaje.

A Motta habrá que reconocerle siempre la coherencia con su juego: habiendo vestido la camiseta de Brasil en las selecciones sub-17 y sub-23, adoptó la nacionalidad italiana que su sangre familiar le permitía y se vistió la casaca azzurra para disputar dos Eurocopas y un Mundial con Italia. “Siempre me sentí atraído por Italia”, confesaba en 2011, citando como certificado de nacionalidad que había animado a los transalpinos en la final de la Copa del Mundo 2006. 

Ahora que Unai Emery deja una codiciada vacante en el banquillo de París, Thiago Motta no oculta que espera ser él quien dentro de un tiempo pueda tomar las riendas del millonario proyecto del propietario Al-Khelaifi: “Voy avanzar etapa por etapa, pero no me voy a esconder. Tengo esa idea en mi cabeza, aunque sienta que todavía esté lejos”.

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