Llegaba el Atlético de Madrid a la final de la Europa League contra el Olympique de Marsella con la opción de maquillar una temporada que rozaba la decepción por la tempranera eliminación en la Champions League. Pero el equipo colchonero, competitivo como pocos en rondas eliminatorias, se propuso alzarse con el título de la segunda competición continental y lo consiguió por sus dos vías más exitosas en los últimos años: el estilo reconocible del Cholo Simeone y el enorme talento de Antoine Griezmann. El francés estuvo en todo momento por encima del nivel del partido. De la competición. Como queriendo dejar claro que su final debería haber sido la de la próxima semana en Kiev.

Y eso que empezó mejor el Olympique, imponiéndose físicamente al Atlético como pocos rivales lo han conseguido en los últimos años. La exuberancia de Anguissa y la finura de Payet servían para lanzar a Ocampos y Thauvin, que le daban muchos problemas a la zaga colchonera por los dos costados. Poco rédito sacaron de ese dominio inicial, sobre todo porque Germain no supo resolver un mano a mano ante Oblak al poco de comenzar el partido.

Desbordado por momentos, los de Simeone optaron por cerrar filas y asegurar. No cometer errores. Cada balón que se acercaba a tres cuartos era devuelto por un patadón a seguir. Todo lo contrario que el conjunto galo, que cada vez fue sintiéndose más cómodo, sin saber que estaba cavando un hoyo bajo sus pies. El Atlético acechaba hasta que apareció el error. Y uno muy grave. Mandanda metió en un problema a Anguissa en la salida de balón. Lejos de encontrar una solución, el camerunés dejó la pelota suelta, que acabó llegando al peor rival posible para el interés de los de Rudy García. Griezmann encaró y esperó a que el meta se venciera a la izquierda para rematar a la derecha.

Quedaban 70 minutos de partido, pero la final ya había acabado. Quedó sentenciada poco después, cuando la lesión de Payet acabó por hundir psicológicamente a los suyos. Entre eso y la actuación imperial de Diego Godín apenas hubo espacio siquiera para la reacción marsellesa.

Ni antes del descanso, ni tampoco después, cuando Griezmann puso otro clavo en el ataúd rival. En una presión adelantada a un saque de banda, una pared entre él y Koke dejó de nuevo al francés solo delante de Mandanda. De nuevo volvió a esperar que el meta se fuera al suelo para, esta vez, resolver con una deliciosa vaselina.

Desde ese momento el Atlético dominó como se le exige a un grande, finiquitando a un rival tocado sin dejar espacio ni siquiera para la épica. Sólo un cabezazo de Mitroglou al palo alteró el curso natural del encuentro, al que Gabi respondió metiendo el tercero y permitiendo incluso un cambio simbólico para que Fernando Torres se pudiese despedir sobre el césped.

Seguramente también sea la despedida de Griezmann, con numerosas papeletas para cambiar de aires este verano, pero al menos lo hará dejando una nueva Europa League en las vitrinas colchoneras, la tercera en la presente década, tras ser el amo y señor de la final.