Ruanda ya no es el escenario de un genocidio contra la población tutsi que horrorizó al mundo. A punto de cumplirse 25 años de aquello, la pequeña república de África central es una de las economías emergentes del continente. Sin embargo, sigue siendo un país pobre, cuyo Producto Interior Bruto nominal ocupa el puesto 141 en la clasificación de 187 países que elabora el Fondo Monetario Internacional. Por eso mismo se comprenden las muecas de disgusto al saber que el presidente Paul Kagame ha decidido que el 0,5% por ciento de su PIB acabe convertido en una franja publicitaria en el brazo izquierdo de los futbolistas del Arsenal

Turismo de Ruanda patrocinará durante tres temporadas al club londinense con una cinta rosa en la camiseta en la que se lee “Visita Ruanda” a cambio del pago de más de 30 millones de euros. La decisión sorprende no solo en el Reino Unido, uno de los principales clientes turísticos del destino promocionado, sino también en otros países europeos que aportan millones en forma de ayuda internacional para el desarrollo de un territorio desfavorecido donde la renta per cápita anual es de 700 euros. 

Desde Kigali, la capital del país, la titular de las políticas turísticas Clare Akamanzi discutió en las redes sociales las críticas al supuesto derroche de dinero en el club de fútbol favorito del presidente Kagame: “Cualquiera que critique nuestro acuerdo con el Arsenal porque Ruanda es pobre y receptor de ayudas, bien desea que lo siga siendo permanentemente o no entiende que, en cualquier negocio, los costes del marketing son un componente clave en los gastos de una compañía”. A quienes le replicaron que los 30 millones serían más provechosos en servicios de agua y luz para la población ruandesa, Akamanzi replica: “Esas infraestructuras las importamos. El turismo es nuestra primera fuente de ingresos en divisas. Cuanto más gane Ruanda del turismo, más podremos invertir en nuestra gente”. Si ella lo dice, habrá que creerla. 

Pero no es solo el montante económico del acuerdo lo que preocupa. Todo suena a capricho de Paul Kagame, un hombre poderoso que desde la distancia anima al Arsenal y al mismo tiempo gobierna su país bajo una apariencia democrática que a menudo flaquea. El militar se mantiene en el poder desde el año 2000 y con la fuerza de su partido, el Frente Patriótico Ruandés, habría ido moldeando la constitución para perpetuarse y erigir una dictadura de facto que no tolera la disidencia. Hace poco más de un año, mientras pensaba en los fichajes de verano de los gunners, renovó su mandato en unos comicios obteniendo un poco creíble 98% de los sufragios.

Y, por supuesto, también se pone la lupa sobre el nuevo club de Unai Emery y los criterios éticos que rigen las decisiones empresariales del Arsenal. Por aceptar esa millonada de un país pobre y por asociar su imagen a la de un aficionado con muchas preguntas por responder. En descargo del equipo del norte de Londres, hay que señalar que el suyo es tan solo el último episodio en el gran mercado del fútbol, donde los petrodólares de países con un respeto dudoso de los derechos humanos patrocinan estadios y camisetas por doquier, o donde algunos jugadores se van a gozar de un lucrativo retiro dorado a territorios en los que viven en una burbuja, ajenos a las privaciones de sus vecinos

Así que la nueva publicidad del Arsenal es un parche en la camiseta y, al mismo tiempo, no es solo un parche en la camiseta. 

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