En 2014, mientras Alemania levantaba el Mundial de Brasil, el joven N’Golo Kanté se preparaba para debutar en la máxima categoría del fútbol galo. Meses antes había conseguido el ascenso con su club, el Caen, la entidad que apostó por este pequeño jugador de ascendencia maliense y cuya confianza se tradujo en el trampolín de lanzamiento para uno de los centrocampistas más elogiados y admirados en la actualidad. Pero detrás de su eterna sonrisa esconde una historia de auténtico sacrificio, una de las cualidades que le caracterizan siempre sobre el césped y que ahora han culminado con el pequeño Kante levantando la Copa del Mundo en Rusia 2018.

Kanté nació en un barrio situado a las afueras de París. A los 7 años, cuando su país conquistaba su primer campeonato internacional de selecciones, el pequeño N’Golo se dedicaba a recoger basura y chatarra para reciclar, con el objetivo de ayudar en la economía de su casa. Una infancia difícil que se vio sacudida poco después por la muerte de su padre. Mientras Kanté se duplicaba, ya entonces, para mantener a flote su hogar, recibía negativas en el terreno deportivo: equipos como el Rennes o el Lorient lo rechazaban por su baja estatura. Se arrepentirían. 

Mucho mejor ojo tendría el Boulogne, de la sexta división francesa, que sí le haría un hueco en su plantilla. Pero su verdadero salto se lo proporcionaría el citado Caen, que le permitiría debutar en la Ligue 1 a los 23 años. Aunque se salvarían por los pelos, Kanté llamó la atención del scout Steven Walsh, quien ya había llevado al Leicester City a futbolistas como Jamie Vardy y Riyad Mahrez. Juntos, sorprendieron al mundo ganando la Premier League en 2016, uno de los mayores hitos deportivos que se recuerdan. Tal fue su impacto que el Chelsea pagaba un dineral para convertirse en su general en la medular; él correspondió convirtiéndose en el primer jugador de la historia en vencer la máxima competición inglesa en años consecutivos con dos clubes distintos

Precisamente esa palabra, distinto, es una de las que mejor define a Kanté. Un pulmón incombustible en el campo pero el hombre más tímido imaginable fuera de él, que llega a entrenar cada día a Cobham (ciudad deportiva del Chelsea) a bordo de un Mini (al principio lo hacía en scooter). Su estilo de juego, siempre al servicio del colectivo, y su personalidad le convierten en un miembro muy querido  dentro del vestuario, ya sea en el de su club o en el de su selección nacional. Como prueba irrefutable, la canción que las estrellas galas le han dedicado estos días durante las celebraciones por el Mundial de Rusia. 

Ya como flamante campeón del mundo, Kanté podrá descansar (?) durante unas semanas para regresar a la capital británica, donde le espera una ampliación y mejora de contrato con los Blues. También un nuevo entrenador, Maurizio Sarri, quien podría volver a liberarle en su despliegue a lo largo y ancho del césped gracias a la presencia a su lado del reciente fichaje Jorginho (al estilo de lo que hacían Allan o Piotr Zielinski en el Nápoles). Sea como sea, el resto del planeta que no cubre el agua lo hará, como de costumbre, N’Golo Kanté. 

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