La rueda de prensa posterior a un partido de fútbol acostumbra a ser material difícil para el periodista deportivo, obligado a detectar rescoldos apenas noticiables entre una sucesión de lugares comunes y frases hechas del refranero balompédico. Muy de vez en cuando alguno de los protagonistas aprovecha el micrófono para ofrecer una declaración especialmente relevante, merecedora del titular del día. Los seleccionadores de Alemania y de España lo hicieron este pasado fin de semana, aunque con signo muy distinto.

Joachim Löw, el responsable de la Mannschaft, atajó de frente y sin remilgos un tema habitualmente tabú entre los protagonistas de cuanto ocurre en el césped: el comportamiento de los que ocupan la grada. “Estoy lleno de rabia y muy indignado por lo ocurrido. Es una vergüenza para nuestro país que un grupo de supuestos aficionados utilicen el fútbol como pantalla para hacer una exhibición más que penosa”, se despachó el entrenador alemán. Löw cargó sin tapujo alguno contra el público alemán que profirió cantos neonazis durante el encuentro entre su equipo y la República Checa disputado en Praga.

Los jugadores germanos no se acercaron a celebrar su triunfo por 1-2 al lugar donde se ubicaban esos ultras en la grada. “No queremos estos extremistas, no es su selección y tampoco son nuestros fans”, explicó Joachim Löw, quien se manifestó “claramente a favor de reclamar sanciones duras”.

Las palabras del técnico de Schönau resuenan más allá de Alemania. Muestran que es posible enfrentarse sin tibieza contra aquellos colectivos organizados que se quieren servir del escenario del deporte como amplificador para propagar ideología basada en la supremacía de unos individuos sobre otros. Su discurso avergüenza a aquellas directivas de clubes que aún hoy amparan propaganda fascista a cambio de un poco de barullo en los fondos de su estadio.

Mientras tanto, España derrotaba con alardes a Italia en Madrid. El míster de La Roja, Julen Lopetegui, cerraba su comparecencia expresando su solidaridad con el presidente de la Real Federación Española de FútbolÁngel María Villar, suspendido cautelarmente de sus funciones por el Consejo Superior de Deportes. “Él me fichó a mí y creo que hoy merece que lo tenga en el recuerdo porque creo lo está pasando muy mal”, se justificó el entrenador tras la goleada 3-0 frente a la azzurra.

Las declaraciones hablan bien de Lopetegui como persona: se muestra leal y agradecido con un amigo. Pero no las realiza a título particular, sino vistiendo el escudo del equipo español, delante de todos los patrocinadores de la selección, y en un momento de regocijo colectivo. Aprovecha un momento favorable, de máxima exposición mediática, para barnizar la figura de Villar, quien permanece acusado de administración desleal, apropiación indebida y/o estafa, falsedad documental y corrupción entre particulares. Julen Lopetegui contó con múltiples momentos para expresar su solidaridad con el presidente investigado, pero escogió precisamente ese.

A Ángel María Villar lo ampara la presunción de inocencia, pero al igual que no debería ser juzgado previamente, tampoco debería ser absuelto del mismo modo. Hay muchas sombras que se proyectan sobre el fútbol. Una de ellas tiene que ver con las corruptelas federativas que contaminan hasta la institución nodriza, la FIFA. Otra procede de los grupos violentos que buscan refugio en los estadios. Pudiendo actuar contra ellas, Julen Lopetegui decidió mantener la penumbra en el primer caso. En el segundo, Joachim Löw descorrió las cortinas para que entre la luz de una vez por todas.

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