Lo que pasa con Sergio Busquets es que parece que no está. Cuando uno empieza a hacer memoria del mejor Barcelona de la historia, o de la mejor selección española de siempre, son otros nombres los que vienen a la cabeza. Muchos antes que el suyo que, si se tira de momentos grabados en la retina, de memoria visual, podría incluso desaparecer. Cuesta recordar al centrocampista haciendo algo llamativo: un regate sobre un rival, una llegada desde atrás al remate, un pase que rompa líneas… Ni una sola jugada con la que armar un recopilatorio de highlights en Youtube, esa nueva medida del valor de un futbolista.

La realidad con Sergio Busquets es que no falta nunca. No es que forme parte del paisaje: él es el paisaje, el escenario desplegado como un tapete sobre el que transcurre el juego. Va ya para una década que sucede así. Tanto tiempo que en el último partido de la fase previa al Mundial de Rusia 2018 que España, ya clasificada, juega en Israel, el centrocampista será el futbolista número 12 en acumular 100 internacionalidades con la selección.

Busquets solo tiene 29 años, una edad a la que muchos futbolistas empiezan a reposarse, a levantar más la cabeza del balón y a entender mejor el juego. Pep Guardiola advirtió que aquel muchacho espigado de Sabadell ya poseía ese temple con 19 años. Lo subió desde Segunda División B y le entregó el timón de ese Barça que por momentos era de Messi, de Xavi o de Iniesta, pero que siempre era con Busquets.

Algo parecido le sucedió con España. Cuando Vicente Del Bosque lo reclutó hace 99 partidos, lo hizo porque, como confesaría tiempo después, el muchacho era el centrocampista que a todos aquellos que prefieren ese oficio más difuso que el de delantero o defensa les hubiese gustado ser: “Si fuera jugador de fútbol actualmente, me gustaría parecerme a Sergio Busquets”, proclamó el seleccionador en 2010, antes de que el equipo levantara la Copa del Mundo.

Al nuevo técnico de la selección, Julen Lopetegui, la del 5 del Barcelona le pareció la herencia más grata: “Es un jugador absolutamente importante”, decía el domingo en rueda de prensa. Otro elogio más procedente desde el interior de la caseta. Es una constante en la carrera de este futbolista: concita más admiración en los vestuarios que en el entorno público.

Pasan los años y esa forma suya de jugar a uno o dos toques, acompasando los movimientos de sus compañeros, sigue siendo vital para sus conjuntos, que se ordenan alrededor del balón. El corazón late sin que nos demos cuenta y Busquets se desenvuelve en el campo del mismo modo: inadvertido, pero fundamental.

Hay una faceta suya que provoca animadversión. “Es teatrero”, se dice. A veces parece que su histrionismo en las faltas (las que provoca, las que recibe) sea una reacción a la exposición pública. Tan poco le gusta estar en el foco de la gente que cualquiera diría que se retuerce por saberse observado. El caso es que no se conoce mucho de Sergio Busquets: no tiene redes sociales (“Si de mi dependiera, quitaría Twitter del mundo”, decía hace unos días en la radio), no se prodiga en entrevistas, hace la mínima promoción exigida. Así que apenas lo vemos, pero estar, está siempre.

En la última jornada de Liga marcó un gol, su primer tanto en tres años, en un Camp Nou vacío. Lo celebró con una alegría poco habitual y eso que no había nadie mirándolo.

Quizás fue precisamente por eso.

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