España aprendió varias cosas en solo tres minutos. Aprendió que toda la agitación de los días anteriores, el vodevil de su (aún resulta increíble decirlo) exentrenador Julen Lopetegui, había dejado paso al fútbol. A los 180 segundos de partido el árbitro Gianluca Rocchi señaló un penalti de Nacho sobre Cristiano Ronaldo. La selección española y la afición de un país que implantará la tecnología en La Liga la próxima temporada aprendieron entonces además que el VAR no cura todos los males. El contacto entre el defensa y el delantero, que lo hubo, fue leve y fruto de las ganas del astro luso de tirarse al césped. El videoarbitraje se lavó las manos. Cuando el lanzamiento de la infracción besó la red, el equipo que ahora dirige Fernando Hierro asumió también que le aguardaba un partido largo. Tanto lo fue que el marcador no se consolidó hasta el minuto 88, cuando el goleador portugués culminaba un hat-trick y colocaba el 3-3 definitivo.

El cuadro español pareció aturdido durante un buen rato, mareado por todo el revuelo de estos días y abatido por un temprano revés de la fortuna: Busquets recibía una tarjeta amarilla, todos los rechaces acababan en pies lusitanos, el juego de pase se estrellaba una y otra vez contra el muro dispuesto por Fernando Santos. Para rescatar a La Roja tuvo que acudir su futbolista más cuestionado y a la vez el más apropiado para esas circunstancias: un tipo tan duro que no pierde el tiempo en divagaciones. Diego Costa corrió solo un balón largo y frontal, esa herejía en el estilo de España, arrambló con Pepe y se atascó en la frontal del área haciendo recortes que parecían inútiles ante dos defensas. Ajeno a las dudas, él sí tenía clara la situación. Disparó seco en cuanto sus marcadores abrieron un mínimo hueco y anotó un golazo. 

Aquello devolvió a España al Mundial que había imaginado. El equipo fue feliz con la pelota, con Isco, Iniesta y Koke engañando a unos rivales que ahora sí la querían pero que no la podían recuperar. El campeón de la Eurocopa acabó empequeñecido por una selección que  jugaba al fin como la favorita al título que se presuponía. Solo la velocidad de Guedes y Cristiano en punta provocaba escalofríos en una defensa con más temblores de los habituales. Hasta que se quebró la pieza que no puede fallar. El portero David De Gea, que ya había fallado de manera decisiva en el último amistoso ante Suiza, dejó que se le escurriese un tiro de (sí, por supuesto) Ronaldo que había viajado directo hasta sus manoplas. 2-1 en el minuto 44. 

Tras el descanso, Portugal volvió a su plan de taparse y España al de buscar rendijas hacia la portería con el balón en los pies cada vez más cerca del área de Rui Patricio. Acertó de nuevo un demoledor Diego Costa tras una jugada de estrategia y, sin mucho más tiempo para alegrías y lamentos de unos y otros, Nacho, el mismo que no había querido poner una zancadilla en el minuto 3, enganchó el tiro que todos los futbolistas quieren enganchar alguna vez: un remate a bote pronto, a distancia, angulado, potente, que resbala en el aire a un palmo del césped y se aleja tanto del portero como se acerca al poste, donde rebota y entra. Una maravilla para una remontada que parecía definitiva con media hora aún por jugarse. 

Quisieron los españoles aguantar la pelota cuanto pudieron, pero las salidas de Iniesta y Costa del partido privaron al equipo de unos comodines para esconderla que ni Thiago ni Aspas pudieron replicar. Aun así, a Portugal le costaba desembarazarse de su disfraz de equipo rocoso para generar algo de juego que la acercase con consistencia a la portería de un inédito De Gea. Hasta que, una vez más, Cristiano Ronaldo reclamó su papel de figura mundial y, ahora también, mundialista.

Si España había tenido la cabeza en otra parte estos días, también el de Madeira, que venía de aceptar una pena de dos años de cárcel y 18,8 millones de euros de sanción por fraude fiscal. Gesticuló para obtener una falta de una nadería con Piqué a unos metros de la media luna del área. Era un tiro muy centrado al que, con su coreografía habitual, él dio una comba que congeló otra vez al meta español. Celebró el empate enajenado, consciente de haber protagonizado una de las mejores noches de su carrera, donde fue principio y final de su equipo. Hizo el gesto de mesarse una imaginaria barba de chivo (representa una cabra, que en inglés se escribe goat, acrónimo a su vez de greatest of all time, esto es, el mejor de todos los tiempos), y esta vez tenía derecho a creérselo. 

El empate final tiene lecturas positivas para las dos selecciones ibéricas. Al equipo atlántico le confirma que con un plan rácano y un goleador en racha basta para prosperar en un torneo corto. Al mediterráneo, que aún es capaz de parecerse a sí mismo y que su plan funciona (siempre que el portero cumpla con su parte). También les deja otra mala: Irán ganó su encuentro contra Marruecos in extremis, como un gol en propia meta de los magrebíes. Y dos puntos de ventaja en el Grupo B tras un solo partido es una distancia que cuesta trabajo enjugar. 

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