Brasil llegó a Rusia, mostró su condición de favorita para alzar la Copa del Mundo, y a continuación dimitió de forma estrepitosa de su estatus. El bajón de revoluciones del equipo fue tan grande tras adelantarse en el marcador que, cuando quiso acelerar tras el gol del empate de Suiza, ya no fue capaz de alcanzar el alto nivel de los primeros minutos. El 1-1 con el que terminó el partido es tal vez el toque de atención que necesitaba una selección que probó en su estreno los peligros de creerse superior al resto.

Durante 20 minutos el equipo de Tite fue todo aquello que se venía anunciando. Con su versión ofensiva, con Coutinho y Paulinho escoltando a Casemiro en el centro del campo, y Neymar Jr., Gabriel Jesús y Willian en el tridente de ataque, la canarinha apabulló a los helvéticos con una puesta escena que parecía enviar un mensaje a los otros aspirantes al Mundial. Tras el naufragio de Alemania, la incapacidad de Argentina, los apuros de Francia y las tablas de España y Portugal, Brasil se mostró exuberante: inabordable en defensa por todo el carril central e indescifrable en ataque, donde sus piezas intercambian lugares en la delantera y el centro del campo, y los laterales se sabe donde empiezan pero no donde acaban. 

Las camisetas rojas de Suiza se refugiaron en el área propia, abrumadas. Por momentos pareció que el destino de Rusia 2018 se iba a escribir en el costado izquierdo del ataque brasileño, donde Marcelo, Coutinho y Neymar mezclaron de manera excelsa. Quizás distraídos por tantas combinaciones de altísimo nivel, los centroeuropeos se olvidaron de que el fichaje de invierno del Barcelona es el mejor pegador del mundo desde el balcón izquierdo del área. Coutinho armó una parábola hermosísima que peinó el flequillo de toda la defensa y rodeó al portero Sommer hasta alojarse el punto de la portería más alejado del lugar del disparo. El Rostov Arena bailaba samba. 

Tite tendrá que explicar qué clase de ataque de soberbia le hizo renunciar a la pelota como una selección vulgar desde ese instante, en el ecuador de la primera parte. Los brasileños dieron más de uno y más de dos pasos atrás, como divertidos con la inoperancia del equipo de Petkovic para llegar al área del cotizado Alisson Becker. Lo que no advirtieron fue que, al poder tener contacto al fin con el balón, jugadores como Behrami y Lichtsteiner recordaron su condición de curtidos veteranos del fútbol de élite. Suiza no creaba peligro pero tampoco dejaba ya que se lo creasen. 

El paso por los vestuarios no activó a los pentacampeones. Solo despertaron a los cinco minutos del descanso, cuando Zuber remató de forma inapelable un córner en las narices de Alisson, en el corazón del área pequeña. El empate generó una ansiedad que Brasil no supo gestionar, incapaz de replicar las sensaciones de su arranque porque los suizos ya les habían perdido el miedo. Los centrales Akanji y Schär despejaron con solvencia todos los balones y Shaqiri, desafortunadísimo en todas sus decisiones, tuvo al menos la inteligencia de juntarse con Xhaka para prolongar todas las acciones de ataque de su equipo y mantener a las estrellas cariocas desconectadas. 

Neymar, que estrenaba peinado para el Mundial como acostumbraba a hacer el Fenómeno Ronaldo, no pareció estar aún al nivel excelso anterior a su lesión. Aun así, al igual que en Brasil 2014, asumió galones de líder y suyas fueron las acciones más peligrosas: un recorte y remate en área pequeña, un cabezazo picado a las manos del portero o una falta botada con veneno en la última jugada del encuentro que la defensa de la Schweizer Nati sacó milagrosamente de la línea de gol. 

Así que Brasil, que empezó su participación en Rusia 2018 con aspecto de campeona del mundo, terminó metida en un lío, a remolque de la revelación Serbia en el Grupo E. Al cuadro de Tite le sobran argumentos todavía para clasificarse para octavos de final. Pero desde este preocupante debut le sobra también presión. 

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