No hay Mundial en el que sobre la tercera jornada de la fase de grupos no sobrevuele la duda del biscotto. Ese pacto tácito de no agresión en el que dos selecciones pueden avanzar a la siguiente ronda repartiéndose el botín de un encuentro, aunque eso suponga sacrificar el espectáculo. Eso mismo se ha vivido este martes en Luzhniki, donde Francia y Dinamarca se han paseado durante 90 minutos sobre el césped. Porque llamarlo jugar sería una falta de respeto hacia el resto de selecciones.

Así es como se ha gestado el primer empate a cero de todo el Mundial después de 37 encuentros en los que se había marcado al menos un gol. Aunque lo peor de todo es que ni siquiera era necesaria tal precaución. Porque Australia, cuyo triunfo podría dejar fuera a Dinamarca en caso de derrota ante los galos, cayó con claridad y desde bien temprano ante Perú. Los goles de Carrillo y Paolo Guerrero, los primeros de la selección andina desde 1982 en una Copa del Mundo, ayudaron a los del norte de Europa. Pero ni eso espoleó a los escandinavos, que pese a saber que ya no tenían nada que temer rechazaron ir a por el gol que les hubiera dado el liderato del grupo.

Y eso que Deschamps ya había dado pie desde la alineación a una posible sorpresa. El seleccionador francés introdujo numerosos cambios en el once, empezando por la portería y siguiendo por Pogba y Mbappé, entre otros. Un punto les aseguraba el primer puesto y no hicieron esfuerzos para más. No los necesitaron, tampoco, porque los daneses le ayudaron a tirar del freno de mano durante todo el encuentro.

Ha sido el encuentro más aburrido del campeonato, con imágenes que rozaban lo grotesco en los últimos minutos, cuando centrales de ambos equipos se pasaban el balón entre ellos un par de veces antes de lanzar un pelotazo. Incluso el público el Olímpico acabó pitando… y eso que eran sus equipos los que jugaban. Así fue la historia de un ‘biscotto’ estéril y que no pasará a la historia como otros simplemente porque Australia no logró hacer sus deberes.

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