Antes de que rodase el balón, un plano de la realización televisiva mostró a los dos jugadores de Francia y Argentina en el túnel de vestuarios, dispuestos a saltar al campo. Entre los rostros serios, hieráticos, se adivinaba el de Leo Messi cargado de responsabilidad. Y solo uno entre los 22 estaba sonriente y relajado: era Kylian Mbappé. Poco después descubrimos por qué. El extremo del PSG se reía como Usain Bolt, como los velocistas confiados de su victoria en la final olímpica. El muchacho francés de 19 años anunció un cambio de guardia en el orden del fútbol con un partido para la leyenda de la Copa del Mundo, completado con dos goles que ayudaron a la victoria 4-3 de su selección y a dejar al mejor futbolista del siglo sin su título más anhelado. 

Al poco de empezar, Mbappé vio el andar esforzado, algo pesado, de hombres como Mascherano y Enzo Pérez y se frotó las manos. Kylian echó a correr en una estampa plena de potencia que recordó al Ronaldo Nazario de las rodillas sanas. De pura velocidad humilló con su estela a cuanto defensa le salió al paso. Marcos Rojo, el héroe que había clasificado a Argentina para octavos de final, se embarulló sin saber que hacer cuando la exhalación azul lo atravesó, así que cometió falta en el área. Penalti y gol de Antoine Griezmann, que solo unos minutos antes había dejado temblando el travesaño de la portería de Armani en un libre directo. 

Era el minuto 13 y desde entonces cada arrancada del nuevo astro galo provocaba un seísmo en el pobre entramado de Jorge Sampaoli, que dejó a Messi sin una referencia por delante y le cubrió las espaldas con un Jefecito que huele ya a naftalina. Frente a la marchita albiceleste, la exuberancia de raíz africana del medio campo galo, ora una jaula para La Pulga, ora un tren arrollador en los espacios con Pogba y Kanté como maquinistas. 

Pero Didier Deschamps siempre fue un futbolista conservador y no se ha corregido como entrenador. Argentina recuperó la pelota y tanto se acostumbró Francia a dejarla hacer que su defensa miró inerte como Di María armaba un disparo desde la frontal. El lanzamiento, precioso y a media altura, batió a Lloris a un centímetro del poste y a cuatro minutos del descanso. 

Tan vivo llegó el equipo americano al vestuario que al poco de regresar se puso por delante. Messi recogió un balón despejado en la parte derecha del área, se revolvió y envió un tiro combado que Mercado, que pasaba por allí, desvió lo justo. Al fin Argentina se encontraba en una situación ventajosa en todo lo que llevábamos de Rusia 2018. Le duró diez minutos, los que tardó Pavard, el lateral derecho de les bleus, en encontrar uno de los goles del torneo: lo que halló fue un balón desviado, que llegaba botando hacia su pie derecho. Él hizo cuanto reclamaba aquella pelota: golpearla con el exterior de su bota derecha, inclinando el cuerpo para controlar la trayectoria, y descargar un misil directo a la escuadra de Armani que hizo parecer el gol anterior de Di María una cosa vulgar. 

Y nada de eso, sin embargo, fue lo más impresionante de un encuentro que ya se sabía histórico. La guinda correspondía por derecho a Mbappé. En un barullo en el área se encontró una pelota. Lo que sucedió después desafía las leyes del tiempo y el espacio en el fútbol. El chiquillo de Bondy arrancó desde parado como un rayo. Se echó un balón largo que hubiese sido inalcanzable para el resto de futbolistas del planeta antes de perderse por la línea de fondo. Sin que nadie se explicase cómo, él sí fue capaz de recogerlo recorriendo el doble de metros que la defensa en la mitad de tiempo. Tanta ventaja creó que pudo armar un remate que se coló bajo el cuerpo del portero. Mientras los demás nos frotábamos los ojos, él abría los brazos celebrando la remontada. 

Aquello sucedió en el minuto 64 y un suspiro más tarde, con los de Sampaoli aún asombrados, un contraataque fulgurante francés acabó con un pase de Giroud que Mbappé colocó en la red con gran precisión, demostrando que él puede hacer en quinta velocidad cosas que a otros les costarían al ralentí. 

Argentina no tenía manera de recuperarse de aquello y lo único que se le ocurrió fue cuanto pudo concebir un Messi muy desasistido y cuyo lenguaje apenas sabía hablar Banega. La albiceleste iba a cerrar un ciclo sin presentar siquiera sobre el campo a Dybala, Higuaín o LoCelso, algo difícil de explicar. Leo regaló un tanto en un pase maravilloso a la cabeza de Agüero, pero era ya el minuto 93 y a la selección aquello solo le valía para morir de pie. 

Así concluyó un partido que entra inmediatamente en la vitrina de grandes encuentros de los mundiales y que, con Messi y Cristiano Ronaldo ya en la treintena, le dice a Kylian Mbappé que el futuro es suyo desde los cuartos de final de Rusia 2018. 

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