Francia jugará las semifinales de Rusia 2018 sin que se pueda poner un solo pero a su clasificación. El cuadro europeo se impuso 2-0 a Uruguay en un encuentro sin otra historia que la dictada por los de Didier Deschamps, amos y señores de los 90 minutos. Apenas nada sucedió que no fuese conveniente para los intereses galos, dueños de la pelota y de las escasas ocasiones, con N’Golo Kanté gobernando los acontecimientos y Antoine Griezmann resolviendo, con la fortuna necesaria, en el momento preciso. 

Asumieron les bleus el rol de favoritos con el permiso de los celestes, más preocupados de no regalar metros de campo abierto a Kylian Mbappé para evitar un destrozo como el padecido por sus vecinos argentinos a pies del astro galo. Así que Kanté empujó y empujó hasta que Torreira y Betancur cedieron la pelota por entero a Francia. Tampoco es que le sirviese de mucho. Excepto por una cesión con la cabeza de Giroud al joven diez que este malgastó por creerse más apurado de lo que estaba, el portero Muslera vivía tranquilo. Tanto como Lloris, el más beneficiado de la ausencia por lesión de Edinson Cavani. Sin el largo ariete, sustituido por Stuani, los balones largos de los charrúas se perdían sin peligro. Una libélula que se le introdujo en la boca, fue la mayor amenaza para el meta francés. 

Todo se revolucionó en el minuto 40. Francia marcó de la forma más dolorosa para Uruguay, inabordable a balón parado. O al menos lo fue hasta que Griezmann centró una falta y de la nada surgió Varane para dejar con el molde en el aire a la defensa americana. Cuando giraron la cabeza para despejar la pelota, el balón hurtado una centésima antes por la frente del central del Real Madrid estaba ya en el fondo de la red. La escena casi se repite en el área contraria un par de minutos más tarde, pero cuando ya se cantaba el gol de Cáceres, Lloris voló para hacer una de las mejores paradas del torneo. 

Arrancó la segunda mitad y El Profesor Tabárez tardó 10 minutos en aceptar que su selección no le hacía cosquillas al rival. Introdujo cuanta pólvora tenía en el banquillo. Pero aún no habían dado una sola carrera Maxi Gómez y el Cebolla Rodríguez cuando se acabó la Copa del Mundo para Uruguay. 

Pogba recuperó un balón en campo propio y lo condujo hasta la frontal del área celeste despojándose de defensas. Se lo entregó entonces un poco retrasado a Griezmann. El del Atlético de Madrid, sin una solución mejor a la vista, arreó un zapatazo ni demasiado fuerte ni demasiado esquinado. En su vuelo, el Telstar, balón oficial del Mundial, demostró que es más amigo de los delanteros que de los porteros. El esférico hizo un extraño, modificando ligeramente su trayectoria. Fue suficiente para que Muslera dejase su cuerpo a un lado y sus brazos a otro. La pelota repelida por sus manoplas salió hacia atrás y cruzó mansa la línea de gol. 

Era el minuto 61 y el final del partido. Kanté continuó dominando el escenario a su antojo mientras Uruguay apenas podía hacer otra cosa que centrar balones frontales que Umtiti y Varane despejaban con enorme suficiencia. No se recuerda un solo remate de Luis Suárez, que parecía estar de duelo por la ausencia de su socio Cavani. A diez minutos del silbido final, las cámaras de televisión captaron al central charrúa Giménez llorando a moco tendido mientras seguía cumpliendo con su deber en el césped. Él y todos teníamos la certeza de que la semifinal estaba decidida. 

Francia llega por tercera vez en su historia a la penúltima ronda (lo hizo en 1998, cuando ganó el título, y en 2006, cuando perdió en la final) y, lo más importante, lo hace sin que ningún otro equipo, ni siquiera Brasil, haya parecido superior. Se oye el canto del gallo en Rusia. 

No Hay Más Artículos