Horas antes de medirse a Croacia en el partido más importante de su carrera deportiva, Olivier Giroud se disponía a entrar, junto al resto de los integrantes de la selección de Francia, en el hotel de Moscú donde esperarían para jugar la final de Rusia 2018. El espigado delantero de 31 años, a diferencia de la gran mayoría de sus compañeros, se acercó a los aficionados que les veían descender del autobús del equipo para firmarles unos autógrafos y agradecerles el apoyo. Sólo que alguno de esos seguidores ignoraron a Giroud como si, en vez de ser el delantero titular de la selección gala y del Chelsea, fuera un modesto empleado de la federación.  Es la cruz que arrastrará durante el resto de su carrera el bueno de Olivier: ser considerado el patito feo de la selección que sumó la segunda estrella para el pecho de la camiseta de Francia. 

La misma que hace recordar a Stephane Givarc’h, el camisa número 9 de Francia en 1998. Como Giroud, aquel delantero mucho más torpe que el actual se fue del Mundial sin marcar ni un solo gol para una selección que acabó levantando la Copa del Mundo ante su afición. Giroud, además, lo hizo sin tirar ni una sola vez entre los tres palos. Pero su dimensión como jugador es superior a la de aquel Givarc’h, un voluntarioso delantero que probó en varios equipos locales y extranjeros pero que se sentía en casa apenas en el Auxerre. Givarc’h tuvo la suerte en el tradicional equipo de cantera francés de que el mítico Guy Roux exprimiese sus virtudes. Pero sus aventuras en el fútbol británico (Newcastle y Rangers) fueron sonoros fracasos.

Givarc’h jugó apenas 14 partidos con la camiseta de los Bleus, la mitad de ellos en el Mundial de 1998, donde fue titular contra viento y marea por Aime Jacquet, mientras por detrás de él jugaban Zidane, Djorkaeff, Vieira, Desailly, el actual seleccionador Deschamps y el resto de generación dorada que llevó la gloria a Francia por vez primera. Y dejando en el banquillo a los dos delanteros del futuro: Thierry Henry y David Trezeguet, además del amigo de Zidane, Dugarry. “En la final contra Brasil, tuve dos oportunidades. Di lo mejor de mí mismo. Mi papel estaba claro: darlo todo durante una hora para cansar a la defensa y luego que entrase sangre nueva. Lo más importante es el colectivo. Jugaba muy solo en ataque, aunque eso no puede ser disculpa”, dijo hace poco Givarc’h a una entrevista a Le Figaro.

Ahora vende piscinas en su ciudad natal. Es posible que Giroud, al que aún le faltan años para colgar las botas, se dedique a algo más glamuroso cuando deje el fútbol. Su carrera en Inglaterra es un éxito a pesar de las críticas, y su perfil en la actual Francia cumple un rol similar al de Givarc’h: bajar balones para las balas Griezmann y Mbappé, pelearse con las defensas, presionar la salida de balón de los contrarios, etc. No va a brillar en el actual escenario que va a dar todo el vuelo posible al joven extremo del PSG en detrimento de su juego de ariete clásico. Pero Giroud, como Givarc’h, podrá decir que es campeón del mundo, y a diferencia de su espejo de 1998, su cuenta corriente acabará mucho más abultada gracias a sus goles en la Premier League.

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