La historia de Raniel es una de película, tan llena de situaciones dramáticas que si no lo hubiéramos visto en pantallas de cine no nos las creeríamos. Como en el caso de Luan, el próximo gran talento en salir de Brasil si nada se tuerce, la de Raniel es una historia de pobreza y desigualdad, la lacra que lastra al gigante sudamericano. Hay abandono familiar, drogas y problemas por las malas influencias. Pero también hay salvadores y talento futbolístico. A esto se aferra Raniel para intentar ganarse la vida en el Cruzeiro, uno de los históricos del balompié brasileño.

La madre de Raniel abandonó a su niño de apenas meses en una caja de zapatos. Vivían en Chão de Estrelas, una favela de Recife, una de las grandes capitales del nordeste de Brasil, zona tan turística como pobre. Al pequeño Raniel lo acogió dona Dione, su gran salvadora: tan pobre como Raniel y su familia, Dione acogió al bebé que dejaron en su puerta y lo crió junto a otros tres críos. El padre de Raniel murió cuando el ahora futbolista tenía seis años, y la madre se reencontró con su hijo poco después,  en un ambiente marcado por el crack y la pobreza estructural que tanto afecta a Brasil.

Había días en los que no tenía qué comer, no tenía toalla para secarme, tenía que hacerlo con ropa sucia. Pero a pesar de todas las dificultades, me criaron con mucho cariño, mucho amor, y se lo agradezco mucho”, decía Raniel esta semana a GloboEsporte. Durante una buena época, las únicas comidas que podía conseguir Raniel eran en un modesto club de barrio en Recife en el que el joven se formó como futbolista, primero en fútbol sala y después en campo grande. Barão (Barón) es el nombre del entrenador que le metió el fútbol en vena y luchó por sacar a Raniel de las calles. Incluso el nombre del técnico modesto es de película.

A los 9 años, dona Dione murió de un infarto y Raniel se quedó sin la madre adoptiva que lo crió. Buscó a su madre biológica y se enroló en el Santa Cruz, un club con más estructura. Ahí empezaron los problemas porque el entorno que frecuentaba su madre no era el más indicado. “Algunos amigos me contaban que lo veían en sitios sospechosos. Llamé a Raniel y le pedí que no frecuentase esos lugares. Él me juró que no estaba haciendo nada malo. Pero después de un partido, él me abrazó, lloró y prometió que no lo haría más. Poco después, las noticas hablaban de su positivo”, contaba Barão al diario Hoje en Dia.

Raniel dio positivo por cocaína en el 2014, cortando una progresión fantástica desde el interior del fútbol pernambucano hacia los grandes focos de São Paulo. Una raya de coca había confirmado los peores temores de sus cuidadores: Raniel tenía que salir de un entorno nocivo. Y encontraron acomodo en el Cruzeiro. Tras destacar en los juveniles, el técnico Mano Menezes (exseleccionador brasileño) se convirtió en su último mentor, y Raniel respondió: con un penalti decisivo, clasificó al equipo de Belo Horizonte para la final de la Copa brasileña. Además, ha anotado goles en la Liga y en una competición paralela llamada Primera Liga. A sus 21 años, también padre de un hijo, Raniel intenta poner final feliz a una historia de película, por desgracia demasiada veces repetida,

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