Al aficionado no americano sorprende que la final de la Copa Libertadores 2017 se juegue a doble partido. Acostumbrado al modelo de la Copa de Europa, piensa que un único encuentro decisivo en terreno neutral multiplica la emoción y convierte la ocasión en más memorable. Ocurre que no tiene en cuenta la pasión de brasileños y argentinos por el fútbol. Dos partidos suponen el doble de emoción. La ida del gran trofeo continental contuvo suficiente drama para llenar varias orejudas de la Champions League. Terminó con ventaja de 1-0 para Gremio de Porto Alegre frente a Lanús. Terminó con un penalti no pitado en la jugada final. Terminó así porque había VAR para evitar esa situación y no se usó. Terminó con polémica suficiente para sobrellevar la semana de espera hasta la vuelta que se disputará en Argentina. Porque lo mejor es eso: que la final no terminó.

Gremio fue mejor en un segundo tiempo donde lo intentó todo para hacer valer su condición de local. Antes, Lanús se había desempeñado con suficiencia en la primera parte, intentando frenar el empuje de los tricolor. Cuando mejor funcionaron los de Jorge Almirón fue al desplegar su fútbol asociativo, encadenando un pase tras otro. Durante un minuto y medio hicieron del equipo local un espectador y a punto estuvieron los granate de marcar un gol para las épocas tras tres decenas de pases sin intromisión rival. “Era para cerrar el estadio”, tituló Olé.

Aquella jugada no acabó en gol porque en la meta de Gremio está Marcelo Grohe, acaso el MVP de esta Libertadores. El portero suma en cada eliminatoria del trofeo una parada imposible. A él se agarró el conjunto de Porto Alegre durante sus peores momentos. El argentino Diego Braghieri se llevaba las manos a la cabeza después del más perfecto de los cabezazos, potente, picado, botando cerca de la línea de gol. Línea que no cruzó porque se produjo un nuevo milagro de Grohe.

Por ahí se fue agotando la pólvora de Lanús, con Pepe Sand cada vez más lejos de sus compañeros. Gremio lo intentó una y otra vez hasta que en el minuto 82 de juego Cícero acertó a embocar una prolongación de cabeza. El 1-0 era un marcador para atesorar, aunque los de Río Grande do Sur se empeñaron en aumentarlo. Tal vez lo habrían logrado si el árbitro chileno Bascuñan hubiese tenido mejor vista o, dada su ceguera, se hubiese servido de la tecnología dispuesta para la ocasión. En la jugada postrera un jugador local cayó groseramente empujado en el área argentina. El VAR se inventó para situaciones así pero a Bascuñan debió de parecerle un gasto excesivo y decidió que la repetición solo le incumbía a los telespectadores, tan seguro de su juicio estaba.

Para entonces los ánimos ya se habían encendido. La brusquedad del juego y de sus circunstancias aumentaron. Con las circunstancias nos referimos, por ejemplo, al recogepelotas del Arena do Grêmio que buscó darle una patada al portero argentino Andrada que saltó la valla publicitaria para recoger con prisa un balón.

A Gremio le bastará un empate en La Fortaleza para ser campeón de América. Su trayectoria en las rondas previas anima a tener confianza en sus posibilidades. No encajó un solo gol en sus visitas a los campos de Godoy Cruz, Botafogo y Barcelona de Guayaquil. Pero del mismo modo Lanús es temible en su campo, donde Pepe Sand sumó seis de sus ocho tantos en la competición. El club de barrio más grande del mundo intentará que los de Porto Alegre recuerden que otros dos clubes argentinos, Independiente y Boca Juniors, ya les arrebataron los títulos de 1984 y 2007, respectivamente.

Sin embargo, el entrenador de los tricolor no se deja amedrentar. “Vamos a ir a jugar a su cancha, Lanús es fuerte ahí, lo alentará su gente, pero Gremio no es River Plate“, dijo Renato Gaúcho, rebajando no solo a un rival argentino, sino a dos. Porque no puedes jugar una final de la Libertadores si no eres echado para delante.

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