Durante bastantes años, el mundial de MotoGP se había transformado en un dualismo tan acentuado como el de la liga escocesa (al menos, hasta la debacle del Rangers). Honda, Yamaha y sus respectivos pilotos se turnaban en el podio. Escuchábamos casi a diario los himnos de España e Italia. Llegados a 2017, estos últimos tienen más razones que nunca para celebrar y soñar.

Ducati ha regresado. Lo hace, además a los mandos de un chico local, Andrea Dovizioso. Con su triunfo en el Gran Premio de Austria, el transalpino logró la tercera victoria de la temporada para la fábrica boloñesa. Algo que no sucedía desde 2010, cuando el cabeza de cartel era un tal Casey Stoner.

Claro que, cuando todavía quedan siete carreras por delante, dicha marca podría ser pulverizada rápidamente. Si la combinación entre humano y máquina protagonizan un guión similar al del circuito austriaco, Spielberg, no es descabellado creerse la promesa de Ducati.

Pese a que el gran favorito sigue siendo Marc Márquez, el último Gran Premio otorga una moral extra a Dovizioso. Ha demostrado ser capaz de batir al líder en el cuerpo a cuerpo, y además ha comprobado como las Yamaha continúan su particular pesadilla. No era de extrañar que alzase la voz Maverick Viñales, quien empezara el Mundial como un tiro pero que se mantiene a la deriva.

Próxima parada, Silverstone. Con el trío de cabeza en 24 puntos y no muy distanciados de Valentino y Pedrosa. Pilotos de Yamaha y Honda, como Márquez y Viñales. Y entre todos ellos, la Ducati de Dovizioso. Anunciando el retorno de la Desmosedici.

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