Ahora que están tan de moda estos programas de citas y demás proyectos de romances, para el US Open se ha antojado irresistible enviar una invitación a una de sus vencedoras. Maria Sharapova, campeona del Grand Slam americano en 2006, ha recibido un wild card para regresar a la pista neoyorquina. Obviamente, su presencia ha levantado una inevitable polémica.

Más allá de su asistencia como antigua ganadora, la rentabilidad económica para el torneo por el reclamo publicitario de Sharapova u otras muchas razones, el comodín para la rusa ha levantado más polvo que los peloteos más interminables sobre tierra batida. Eugenie Bouchard resumió en el Mutua Madrid Open lo que mucha otra gente seguramente piensa: “Es una tramposa, y no pienso que a una tramposa, en cualquier deporte, se le deba permitir volver a jugar de nuevo”.

La canadiense hizo aquellos comentarios tras batir a Sharapova, en un duelo especialmente tenso. Como prueba, el saludo final:

En cualquier caso, y salvo improbable renuncia final, la rusa regresará disputará su primer Grand Slam desde el Open de Australia 2016, precisamente el lugar de su positivo. La sombra del dopaje, por tanto, vuelve a sobrevolar las canchas de tenis. Se vuelve a cuestionar, irremediablemente, la gestión de estos asuntos por parte de la ATP y de la WTA.

Porque Sharapova no es la primera y tampoco será la última. Hace nada, la italiana Sara Errani recibía una sanción de dos meses y culpaba de la misma a los tortellini de su madre. Pero hay casos a patadas. Algunos, comprobados; otros, sospechosas historias.

Marin Cilic, finalista del último Wimbledon, se apartó de la hierba londinense en 2013 por recomendación. Pero ese mismo año recibía una sanción de nueve meses, después reducida a cuatro. El escándalo fue conocer después que el croata fue encubierto para ocultar su positivo con una supuesta lesión.

Muy famoso fue el caso de Richard Gasquet, cazado con cocaína en su organismo. Su explicación, que había besado a una chica que la había consumido. Nadal salió en su defensa y el galo salió indemne. Algo parecido le sucedió a Viktor Troicki, protegido por su compatriota Djokovic cuando se negara a dar una muestra de su sangre en Montecarlo.

La palma, sin duda, se la llevó el tenis argentino de principios de siglo. Coria, Chela, Martín Rodríguez, Hood y Puerta dieron positivo entre 2001 y 2005 por esteroides o nandrolona. Toda aquella generación quedó bajo la lupa. Pero sus sanciones fueron simbólicas, a excepción del reincidente Puerta (ocho años).

Son solo algunos ejemplos. Porque hay muchos más. La evidencia más irrefutable de que el tenis mundial sigue recibiendo saques directos del peor enemigo del deporte.

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