El rugby es una religión en Francia. A pesar de la creciente pujanza de la Liga de fútbol, y de la omnipresencia de las selecciones nacionales de fútbol, baloncesto o balonmano, el deporte del balón ovalado es mayoritario y su selección nacional algo parecido a una religión. De ahí que lo que se está viviendo en la última semana, con el supuesto trato de favor del presidente de la Federación Francesa de Rugby (FFR) al Montpellier no es un caso más de corrupción: es el mayor escándalo en la historia del rugby francés, y una afrenta al código de caballerosidad que acompaña a este deporte.

La prensa francesa relata estos días cómo Bertrand Laporte, presidente de la FFR, hizo una llamada al responsable de comité de árbitros para intermediar en nombre del presidente del Montpellier, Mohed Altrad. Altrad habría pedido a Laporte que intermediase para reducir una sanción a dos de sus jugadores y una multa al club por banderas consideradas hostiles en el estadio. Además, algunos clubes de la Liga francesa creen que Altrad y Laporte han firmado un contrato de imagen entre empresas propiedad de ambos.

El ministerio francés de Deportes empezará a mirar el asunto ante la polvareda que se ha levantado. Laporte ha tenido que comparecer públicamente y reconocer la existencia de la llamada al comité de apelación pero quitó hierro a la casualidad de que las multas al Montpellier se vieran reducidas. “Servir al rugby es un estado mental, no es una cuestión de finanzas. No digo que vaya a ocurrir, pero crea la suspicacia de que pueden indicar a los árbitros. Y es extremadamente desagradable”, declaró a L’Equipe Eric de Cromiéres, presidente del club Clermont.

De fondo, la participación directa de los dos implicados (Laporte como cara institucional del deporte en Francia, Altrad como uno de los más involucrados en las campaña) en vender la candidatura de Francia para el Mundial de rugby del 2023. No parece la mejor carta de presentación.