La Vuelta a España transcurría con lento pesar hacia un final predecible, la victoria de Chris Froome para aumentar el palmarés del gran dominador del último lustro. La tercera gran prueba por etapas del calendario se desarrollaba con el mismo ritmo anodino que la pesadez presiesta que muchas veces acompaña a quien sigue el ciclismo por la tele. Por eso, parece sólo hay una persona capaz de darle emoción a la Vuelta: y es el propio Froome.

Así ocurrió en la etapa de este jueves. cuando el descenso del Puerto de Torcal hizo más por ponerle pimienta a la Vuelta que el trazado más sinuoso. Y tampoco es que fuera la cosa para tirar cohetes: Chris Froome tenía la etapa bajo control a pesar de la fogosidad de Alberto Contador, pero tuvo dos percances inesperados que abren un poquito (no más) la incertidumbre por el desarrollo final de la Vuelta.

Froome sufrió un problema mecánico primero y luego una caida que le apartó del pelotón de favoritos, que perseguía un ataque poco prometedor del inquieto Contador. El español, en su Vuelta a Espala de despedida del pelotón (si esta vez cumple lo anunciado), perdió un tiempo muy valioso a las primeras de cambio y ahora se muestra combativo con la permisividad del pelotón. Froome le deja hacer amparado en la superioridad del Sky, y Nibali no le tiene miedo en el cuerpo a cuerpo.

Pero Contador se deja ver y responde al cariño de los aficionados. Su ataque movió el pelotón en el tramo final y encontró el doble patinazo de Froome. Sin embargo, los daños fueron escasos porque nadie en el pelotón decidió intentar sacar réditos de los problemas del británico. De ahí que, lejos de los titulares triunfalistas de buena parte de la prensa, muchos aficionados se quedaron con la insatisfacción de que nadie (hola, Nibali) intentase sacar tajada del relegado Froome.

El líder cedió 20 segundos con Nibali y 40 con Contador, un terreno más simbólico que real a la hora de intentar animar una Vuelta a España que iba camino de un electrocardiograma plano.