El Cabezón, como le han llamado siempre sus compañeros de la Generación Dorada del baloncesto argentino, se resiste a dejarlo. Ve el banquillo donde se sienta ahora con la pizarra Pablo Prigioni y siente que ese no es su lugar. Por eso mira a su compañero de tantos años en la albiceleste y le pide una asistencia más, un pase para seguir en la cancha. Prigioni ha aceptado y Carlos Delfino podrá sentirse de nuevo jugador del más alto nivel con la camiseta número 91 del Saski Baskonia.

El de Santa Fe, alero de 1,98m, no alcanzó las cotas de excelencia de sus amigos Ginóbili o Scola, pero su presencia en el parqué siempre fue agradecida para el aficionado. Era algo así como un pack completo, un jugador capaz de botar, pasar, anotar y rebotear con solvencia en función de las necesidades de su equipo, inteligente para asumir el rol de sexto hombre o triplista desde la esquina en las franquicias NBA que valoraron su versatilidad y su físico potente. O que al menos lo era hasta 2013.

Desde entonces ha padecido hasta nueve operaciones quirúrgicas para recuperarse de una complicada lesión por estrés en el pie derecho que él mismo relataba así a La Nación: “En los playoffs de 2013 volqué una pelota, [Kevin] Durant me hizo una falta en el aire, y al caer sentí un pinchazo. Quedé rengo, muy mal. Traté de estar en el partido siguiente, jugué un minuto y me caía, no podía hacer pie. Y empezó esta historia larguísima”.

Terminaba de manera forzosa una trayectoria de nueve años en la NBA, vistiendo las camisetas de Detroit Pistons, Toronto Raptors, Milwaukee Bucks y Houston Rockets. En aquella serie contra Oklahoma City Thunder, sus últimos minutos en Estados Unidos, dejó este mate sobre el propio Durant:

El Cabeza perseveró para volver a sentirse jugador y este mismo año, durante tres meses, vistió la camiseta de Boca Juniors en la Liga Argentina. De ahí viajó a Vitoria para echar una mano donde Prigioni, nuevo entrenador del Saski Baskonia, lo requiriese. Se ayudaban mutuamente: el técnico contaba con un veterano para completar los entrenamientos durante la pretemporada, y el jugador apuraba su puesta a punto para buscar un contrato más.

Finalmente, la lesión muscular de un compatriota, Patricio Garino, abrió un hueco provisional de un mes en la rotación exterior del club vasco. Prigioni no tuvo que buscar muy lejos. Conocía el talento y admiró su esfuerzo por seguir anotando canastas tras tantas penurias. Ahora Carlos Delfino cuenta con cuatro semanas para demostrar que su regreso, a los 35 años de edad, es algo más que una anécdota.

 

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