Hace apenas unos días, Nick Kyrgios se medía a Rafa Nadal en la final del Open de Pekín. Caía apalizado en dicho partido, pero se le perdonaba. Había completado un gran torneo y solo el número uno del mundo había podido con él. Sin embargo, en lugar de confirmar ese aparente buen momento de forma, el australiano sigue empeñado en poner en riesgo su prometedora carrera.

El tenista de Canberra se retiró sin explicación alguna de su duelo de primera ronda en el Masters 1000 de Shanghai ante Steve Johnson, justo después de perder el set inicial en el tie-break. Kyrgios, abucheado por el público, estrechó la mano de su rival y del árbitro y se largó. Horas después comunicó un malestar estomacal pero cuesta creerle después de tantas. De hecho, la ATP ya ha abierto una investigación al respecto.

Se da la casualidad, aunque con Kyrgios de por medio eso es mucho decir, que el mismo protagonista la lió en el mismo torneo en su edición del año pasado. Por entonces el australiano se dejó ir de forma bochornosa en su choque frente a Mischa Zverev, un show que ya derivó en una sanción. Pero el chico no aprende…

Su historial de vergüenzas es largo y se remonta años atrás. En 2014, por ejemplo, Kyrgios fue noticia a nivel mundial tras tumbar al propio Nadal en Wimbledon. Sin embargo, aquel mismo día recibió numerosos warnings por su “lenguaje obsceno constante”. Doce meses después, también en Londres, se le cazó un “dirty scum” (basura sucia) mientras se medía a Diego Schwartzman (luego aclaró que se lo llamaba a sí mismo).

Antes de aquello, el jugador de 22 años manchó la imagen del tenis durante su enfrentamiento con Stan Wawrinka en la Rogers Cup canadiense. Las imágenes en las que Kyrgios despreciaba al suizo, a su novia y a su compatriota Thanasi Kokkinakis dieron la vuelta al mundo.

Después de aquello, cualquier otro episodio se queda en nada, si bien Kyrgios también quiso demostrar su habilidad para destrozar raquetas en 2016, frente a Borna Coric, en Cincinnati. En aquella ocasión aniquiló tres en diez segundos. Posiblemente, un triste récord a nivel mundial. Pero conociendo a este díscolo australiano, otro aún más rocambolesco podría estar a la vuelta de la esquina en cualquier momento…

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