Riccardo Riccó estuvo a punto de morir por una autotransfusión sanguínea. Tres años antes, en plena explosión de su carrera, segundo en el Giro del 2008 y con triunfos de etapa en la ronda italiana y en el Tour de Francia, dio positivo por CERA, un tipo de EPO. Aún así, cuando habla para La Gazzetta dello Sport, el ciclista anteriormente conocido como La Cobra muestra un rencor, un resentimiento, que suele acompañar a los ciclistas dopados, que creen que con sus sanciones expían los pecados del resto del pelotón. “Soy como un apestado”, dice Riccó, escasa autocrítica, bastante odio en su entrevista con el periódico italiano.

Riccó hace helados en Tenerife. Dice que un amigo le enseñó la profesión (“hago helados también para perros”, presume). Vive en las Canarias, donde agradece el tiempo, que le permite vender muchos helados y también pasear de vez en cuando en bicicleta. El paraíso no es completo porque, según él, “los italianos somos ciudadanos de clase C aquí”. El rencor no se queda en ese pensamiento de supuesto desprecio de los canarios a los italianos. “Tan pronto como tuve problemas, todos desaparecieron, entrenadores, representantes… sólo piensan en ganar dinero, me ponen enfermo”, dice a la Gazzetta.

Tras su positivo y su episodio con la bolsa de sangre contaminada (“Había una bacteria en la bolsa, no fue por guardarla en una nevera con las verduras. Sabía lo que hacía, tenía una nevera sólo parta eso”), Riccó fue sancionado hasta el 2023. No lamenta tanto eso como haber testificado en una macrocausa contra el dopaje en su país y no haber recibido ningún beneficio en forma de reducción de la sanción. Más rencor.

Aún así, dice que cuando termine esa sanción y tenga 40 años, quiere volver. “Sería más fuerte que nunca. Hay equipos que me querrían, y si no, montaría el mío propio”, asegura Riccó. Por si acaso, recuerda que todos en el pelotón iban tan dopados como él y, aunque se congratula de que ahora parezcan ir más limpios, se pregunta: “¿Está mal que me plantee preguntarle a la gente si prefieren el ciclismo de ahora?”

Antes de cerrar la entrevista en la Gazzetta, Riccó deja otro mensaje: “¿Puedo decir también que prefiero el dopaje químico al mecánico? Al menos aceptas el riesgo de jugar con tu salud”. Es lo que le faltaba al ciclismo, dopados old school que presuman de que ellos lo hacían mejor y antes que nadie. Esperemos que los helados de Riccó sepan mejor que la bilis que rezuma por sus propios errores.

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