Australia ha sido siempre un país puntero en el tenis. Un país al que representaron mitos y grandes jugadores y jugadoras, como Rod Laver, Ken Rosewall, Roy Emerson, Margaret Court o Pat Cash. No en vano, también es escenario de uno de los cuatro Grand Slam del circuito. Sin embargo, desde Lleyton Hewitt y su número uno a principios, las raquetas aussies llevan dando tumbos y nadie parece preparado para poner remedio… ¿o sí?

Mientras Nick Kyrgios sigue empeñado en poner en peligro una prometedora carrera, Bernard Tomic amenaza con jubilarse a sus 25 años y Thanasi Kokkinakis apenas regresa de un año de lesión, un crío de 18 años podría representar la verdadera esperanza australiana: Alex De Minaur. Por lo de pronto, ya está siendo protagonista en uno de los torneos que abren la temporada, Brisbane.

Este joven tenista, hijo de un uruguayo y una española, ha avanzado a los cuartos de final de este ATP 250 tras derrotar al canadiense Milos Raonic, ex número tres del mundo al cierre de 2016. De Minaur, que ya había superado a otro consolidado sacador como Steve Johnson en primera ronda, se defendió de los misiles del norteamericano para superarle por un doble 6-4 y llevar al público local al delirio.

La historia de este chaval es bastante curiosa. De Minaur nació en Sídney pero a los 5 años su familia se trasladó a Alicante, su residencia actual. Allí, su madre solicitó apoyo de la Federación Española de Tenis pero obtuvo una respuesta negativa, por lo que decidieron volver al país oceánico, donde sí recibieron la ayuda económica necesaria para formarle como tenista. Una táctica que Australia, como Canadá, está aprovechando para relanzar sus escuelas de tenis.

“Nos tuvimos que ir de España y fue muy duro. No me gustó irme en absoluto. Pero me siento australiano porque he nacido allí, me he criado allí y ellos me han acogido como nadie. Tuve todas las facilidades posibles para poder crecer como tenista”, explicaba en una entrevista al medio El Español en junio de 2016. Y así, mientras un país añora su relevo real para Nadal y compañía, el otro podría haberlo encontrado.