Thomaz Bellucci hizo pis en un frasco y lo entregó el pasado 18 de julio de 2017 a la organización del Open de Suecia. El tenista brasileño, que llegó a ser número 21 del ranking ATP, cayó en treintaidosavos de final del torneo disputado en Bastad ante el estadounidense Dustin Brown. Desde allí viajó a Gstaad, Kitzbühel y Nueva York, su último torneo hasta la fecha. Perdió pronto en Flushing Meadows y dejó de competir el resto del año, aquejado de molestias en el tendón de aquiles. Hoy sabemos que el problema no estaba en su pie, sino en su orina.

La Federación Internacional de Tenis (ITF por sus siglas en inglés) le comunicó a Bellucci que había dado positivo en aquel control antidopaje de Suecia por el uso de hidroclorotiazida, un diurético que figura en la lista de sustancias prohibidas. Le impuso cinco meses de sanción que el tenista casi ha completado. Volverá a competir en febrero. Lo sabemos porque ha querido defender su inocencia a través de un comunicado: «Nunca podría imaginar que un multivitamínico hecho por una farmacia pudiera sufrir contaminación cruzada a dosis mínimas. Siempre he tomado todos los cuidados y respeté las reglas del deporte».

La ITF podría haber aplicado una sanción de cuatro años al brasileño, pero aceptó sus explicaciones y el atenuante de que la hidroclorotiazida no produce una mejora del rendimiento deportivo para imponerle un castigo mínimo. Y de paso, se supone que para no dañar la imagen del deportista y del propio circuito profesional de tenis, silenció el positivo. Thomaz Bellucci se protegió diciendo que padecía una lesión y las autoridades tenísticas callaron hasta ahora con complicidad.

Hoy se debate sobre si estamos ante un caso de silent ban, una sanción silenciada, solución que ya se aplicó sobre Marian Cilic. El croata se retiró de Wimbledon 2013 por una supuesta lesión de rodilla que, como se sabría tiempo después, encubría un positivo. Hace tiempo que la ITF viene prometiendo ser más proactiva en la denuncia del dopaje, pero casos como el de Bellucci cuestionan la política de los responsables de uno de los deportes más populares del mundo. El hecho de no dar publicidad rápidamente a los tests positivos hace que se pueda sospechar de cualquier ausencia por lesión de un jugador. Que se lo digan a Rafa Nadal.

Quizás las autoridades tenísticas quieran evitar una pérdida de credibilidad como la del ciclismo, donde la publicidad de todos los casos sin distinción (incluyendo el del gran campeón del momento, Chris Froome) ha erosionado la confianza del público. Lo que sucede con el dopaje es que no desaparece barriéndolo bajo la alfombra. ¿Una muestra? En el momento de escribir este artículo la ITF anunciaba el positivo de Katerina Kramperova, una casi desconocida tenista checa del circuito de dobles, número 605 en el ranking de la WTA. Estaba sancionada desde agosto de 2017. ¿Cuándo nos hemos enterado? Un 5 de enero.

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