En los torneos de dardos se busca recrear de cierta manera el ambiente de los pubs, de los bares, de esos escenarios tan poco deportivos en los que muchos se aficionan al juego de precisión. La luz acostumbra a ser tenue, el fondo, oscuro, para favorecer la concentración de los participantes. Las barrigas, o al menos los cuerpos poco atléticos, nos hablan de lo igualitario de una práctica que premia la habilidad y la resistencia a la presión del momento antes que la forma física. Con algo de música de fondo, un poco de bullicio y una pinta de cerveza posada en un taburete al lado del jugador, bastaría para hacer pasar una competición oficial por una noche de sábado cualquiera en un local de ocio.

Adrian Lewis, de 33 años, estaba disputando los cuartos de final del torneo de clasificación para el Abierto del Reino Unido frente al español José Justicia. Y por un momento, el dos veces campeón del mundo, debió de echar de menos el ambiente de los pubs de su Stoke-on-Trent natal en los que jugaba a los dardos: esa susceptibilidad fomentada por el alcohol, ese vociferar bravuconadas, esa agresividad subyacente que altera los ánimos. Lewis, conforme avanzaba la partida, se fue mosqueando con Justicia y ahí comenzó a ejecutar con el ritual propio de quien busca una pelea de barra de bar. Lo señaló. Lo insultó. Lo empujó. Y finalmente, al acabar la partida, quiso agarrar por el cuello a su rival y zurrarle. Los árbitros (que los había, porque, recordemos, no estaban en un pub, sino en un torneo oficial), lo frenaron y se lo llevaron a la fuerza de allí.

Lewis había ganado la partida, pero perdido la compostura. Todo comenzó cuando Justicia lo miró sorprendido porque entendía que el inglés lo había hecho tropezar cuando él se dirigía hacia la diana a recoger sus dardos. Al jugador local no le hizo gracia la acusación y pensó que todo era una estratagema del español para desconcentrarlo. “Estás tratando de joderme”, le dijo. A partir de ahí, Justicia siguió con sus tiradas con una mueca entre el asombro y la risa por la actitud del dos veces campeón del mundo. Jackpot, como es conocido Lewis desde que ganó 72.000 dólares en apuestas en un torneo de Las Vegas, se fue calentando hasta que empujó y amedrentó a su rival. La partida continuó y cuando acabó por victoria 6-5 para él, se fue directo a por José Justicia profiriendo insultos y con ánimo de agredirlo.

La escena debió de disgustar a Phil Taylor, el 16 veces campeón del mundo de dardos y mentor de Jackpot Lewis. De repente, el campeonato que se estaba celebrando en el Robin Park Tennis Centre se había convertido en una pelea de bar. Aun así, el agresor pudo disputar la semifinal, que perdió. Poco después la PDC (Professional Darts Corporation), comunicó la suspensión indefinida de una de las mayores estrellas de la disciplina, que ahora tiene derecho a apelar.

Porque una cosa es el torneo y otra es el pub, aunque Adrian Lewis no parece distinguirlo.