Una visita rápida al perfil de Dimitris Giannakopoulos en Instagram da una pista del volcánico carácter del empresario griego. Un personaje cinematográfico se repite al menos dos veces, y es el Scarface de Al Pacino, un matón de poca monta metido a megacapo de la droga que cae en la paranoia viendo enemigos por todas partes, alucinación impulsada por una montaña de cocaína. Quizás sea el alter ego que posee al también presidente del Panathinaikos cuando la pelota naranja no entra por donde debe o Giannakopoulos cree que alguien evitó la victoria de su equipo de baloncesto. Y entonces explota, no como Scarface con un arma disparando a lo loco, sino profiriendo insultos, en persona o en redes sociales.

Dimitris Giannakopoulos acumula sanciones como millones en la cuenta corriente de la mayor empresa farmacéutica de Grecia, una empresa familiar que el bueno de Dimitris ha heredado. Y con ese dinero mantiene el dominio del Panathinaikos desde el 2012, cuando lo recogió de su padre y su tío. Sólo que su carácter le ha traicionado en más de una ocasión. La última le ha costado una sanción de 10.000 euros y prohibición de entrar en un recinto deportivo durante 3 meses, por un post en Instagram contra un árbitro de la liga griega. Aunque Giannakopoulos borró la publicación, la multa se mantuvo y el presidente del Panathinaikos aprovechó para culpar a su gran rival, el Olympiakos, de manipular a los comités que le han sancionado.

La sanción en el ámbito local llega apenas días después de que la Euroliga castigase con extrema severidad al presidente de uno de los clubes estrella del panorama continental. Giannakopoulos fue sancionado con 12 meses de veto de los pabellones donde se jueguen competiciones europeas de clubes. ¿El motivo? Cuestionar el arbitraje sufrido por su equipo en visita a Estambul (un griego en Turquía) para medirse al Fenerbahçe. Un poquito de la paranoia de Scarface sí acompaña al presidente del Panathinaikos, que ve manos negras por doquier: competición, rivales, patrocinadores… Hasta el punto de querer votar en un referéndum para salir de la Euroliga, contracorriente de toda la tendencia del baloncesto europeo.

Parecía que la espiral de violencia verbal de Giannakopoulos tenía difícil superar lo acontecido en el 2015, cuando en el plazo de días el mandatario del Panathinaikos insultó gravemente a los árbitros de un partido de Euroliga y después a Spanoulis, el mito del baloncesto heleno que casualmente jugaba para Olympiakos. Giannakopoulos amenazó de muerte a los árbitros del duelo contra el CSKA, y luego también quería acabar con Spanoulis y su familia, además de querer mantener relaciones sexuales no consentidas con diversos miembros de su entorno. Y en el 2013, insinuó que la cuenta bancaria del responsable de los árbitros de la Euroliga estaba inflada después de una mala experiencia con el Barcelona. Quizás en la amplia receta de la empresa farmacéutica que posee Giannakopoulos tiene algo para la ansiedad de su dueño.

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