Las lágrimas humanizan. Debe de tratarse de un reflejo atávico, pero es casi inevitable empatizar con quien llora. Nos gusta un buen llanto, especialmente si nace de ojos que han visto pocas decepciones. Las lágrimas de la esquiadora estadounidense Lindsey Vonn al ganar la medalla de bronce en el descenso, la prueba reina del esquí, forman parte ya de la galería de momentos memorables de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang 2018. La italiana Sofia Goggia se colgó el oro con un tiempo de 1:39,22, nueve centésimas menos, un parpadeo, que la noruega Ragnhild Mowinkl, plata. Los 33 años de Vonn, ocho más que sus dos compañeras de podio, se tradujeron solo en 47 centésimas de retraso respecto a la ganadora. 

La más popular de las esquiadoras podía llorar tanto de alegría como de decepción. Una medalla en su última participación olímpica es un logro admirable. Campeona olímpica en Vancouver 2010, se perdió la cita de Sochi 2014 tras destrozarse una rodilla. Por el camino tuvo que soportar también el foco mediático por su relación sentimental con el golfista Tiger Woods. Y más recientemente ha esquiado bajo la lupa de todos los adeptos a Donald Trump, que no le perdonan sus críticas al presidente de los Estados Unidos. Que icen la bandera de las barras y estrellas por ella es un triunfo que merece lágrimas de felicidad. Lo explicaba tras su descenso: “Tengo una perspectiva muy diferente ahora a la de hace ocho años. He estado en las vallas tantas veces… Tengo un trato personal con tantos doctores que es ridículo. He pagado un peaje. Pero las lesiones me han hecho más fuerte. La medalla de oro en Vancouver marcó la ruta de mi carrera y no creo que signifique nada más o nada menos que esta medalla ahora”. 

Pero Vonn también lloró con frustración en su penúltima prueba olímpica, antes de la combinada alpina. Quería el oro para dedicárselo a su abuelo, un veterano de la Guerra de Corea fallecido el pasado noviembre: “Claro que quería ganar como fuese para él hoy. Ojalá estuviese aquí. Creo que aún lo está. Hubiese sido muy fácil para mí bloquearme y dejar que las emociones me controlasen. Pero no lo hice y estoy orgullosa”. Al final, tras desaparecer la tensión competitiva y asumir una derrota que también era una victoria, fue cuando las lágrimas afloraron y las cámaras captaron uno de los momentos icónicos de estos Juegos Olímpicos

Cerca de ella estaba estaba la campeona, feliz por su triunfo, pero también consciente de la importancia de la figura que sollozaba. Sofia Goggia habló con devoción de una deportista estadounidense que se comporta sin altivez pese a toda la corte de admiración y maquinaria mercadotécnica que la acompaña: “¿De verdad me estáis pidiendo que os hable de la más grande esquiadora? Nunca actúa como si estuviese en el Olimpo, donde podría estar. Es la mejor”. Y Goggia recordó que Lindsey Vonn tiene 81 victorias en la Copa del Mundo, frente a sus cuatro triunfos. Y explicó así por qué hoy se le prestaba más atención a la esquiadora que lloraba que a la que sonreía. 

 

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