La imagen la hemos visto mil veces: la bola bateada o desviada vuela hacia las gradas donde los espectadores alzan los brazos expectantes hasta que uno se eleva sobre los demás, anticipa la trayectoria del vuelo y captura el más cotizado de los souvenirs del béisbol. Claro que no siempre se tienen los reflejos necesarios para atrapar la menuda esfera con costuras rojas que puede aproximarse a más de 100 km/h. Sucedió en la pasada temporada de la MLB, cuando para pánico de todos los presentes, una foul ball golpeada por Todd Frazier en el Yankee Stadium de Nueva York voló directa hacia la cabeza de un bebé de un año de edad, sin que el padre que la sostenía en brazos pudiese pararla

Aquella niña sufrió una fractura de la nariz y de un hueso de la cara, además de quedarse con la marca de la pelota en la piel. Otro aficionado denunció a la liga después de que una bola perdida en el Wrigley Field de Chicago se estrellase contra su ojo.

Las Grandes Ligas de Béisbol estadounidenses han decidido tomar medidas de seguridad y durante los entrenamientos de primavera previos al inicio de la competición ya se han hecho evidentes: las redes que protegen al público tras la zona de bateo se han extendido en todos los estadios más allá del dugout o cueva. Se trata, dice la Wikipedia, del “área donde se halla la banca de un equipo y se encuentra en territorio foul a ambos lados del diamante, entre el home y bien sea primera o tercera base”. 

Pero, en el más tradicional de los deportes norteamericanos, los cambios casi nunca son bienvenidos y algunos aficionados ya han alzado la voz contra la ampliación de un enrejado que, dicen, dificulta la visión del partido. La protesta más notable ha sido la de la personalidad televisiva Peter Funt, quien en un artículo de opinión en The New York Times afirma que si bien “los aficionados deberían ser protegidos, temo que las redes, tal y como se han levantado esta temporada, estropearán la experiencia para aquellos a los que no les importa el riesgo”.  

Funt cree que unos cuantos sucesos desafortunados están provocando una sobrerreación por parte de la MLB: “Lamentablemente, los accidentes suceden cada temporada; por fortuna, la mayoría son menos horrendos. Los aficionados son golpeados por bolas y bates, los vendedores golpean a la gente cuando pasan por los pasillos, los pájaros defecan sobre la multitudes, y cada pocos años un fan se las apaña para caerse desde una de las gradas superiores”. 

En su artículo destaca que otros deportes como el golf también conllevan riesgos para el público que se coloca a la orilla de las calles, donde puede caer una las pequeñas y macizas bolas, “pero nadie propone redes de protección para los espectadores que eligen pararse donde lo hacen”. 

Ocurre que hay otros motivos en la reflexión de Peter Funt que exceden el debate del equilibrio necesario entre la seguridad del espectador y la visibilidad del espectáculo que puede ser entorpecida por unas mallas y los palos que las sostienen. En el fondo asoma también el tradicionalismo alrededor del béisbol, donde permanecen franquicias reacias a eliminar logotipos racistas o no se tolera el arte pop. Funt exhibe un cierto clasismo de aficionado recalcitrante. 

“Lo que molesta a los aficionados serios es que su experiencia en los partidos se ve comprometida, en gran medida, por el comportamiento de los espectadores ocasionales. Siéntate en un partido hoy en día y verás a la mitad de la multitud distraída con sus teléfonos móviles. Así es normal que estén en riesgo”, escribe el veterano presentador con aire de cascarrabias. “Hay además más padres con niños en brazos. ¿Por qué? No verías a bebés de un año en el teatro con una camiseta que dijese “Mi primera opera”. Sin embargo, hay cada vez más críos, y en peligro, en los partidos de béisbol”. 

El artículo de Funt está generando controversia, pero también la aprobación del sector de aficionados más hardcore que piensan que, si vas a ver un partido de béisbol, más te vale estar atento para atrapar una bola perdida y no esperar a que una reja la detenga por ti. 

 

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