¿Quién no ha soñado alguna vez con que el equipo de tus amores, de tu ciudad, por un azar del destino o catástrofe humanitaria, se quede sin jugadores y no le quede más remedio que llamarte a ti, sufrido aficionado, para que te pongas la camiseta y saltes al campo? Aunque fuera por un par de horas y nunca más, la posibilidad de romper esa barrera entre el aficionado y el deportista profesional es la aspiración última del fanático de un equipo. Pues bien, si hay un deporte de las grandes ligas mundiales que te permite hacer eso, es la NHL. Y si no, que se lo digan a Scott Foster.

Hasta hace unas horas, Scott Foster era un anónimo contable de una empresa de Chicago, aficionado al hockey sobre hielo y de los Blackhawks locales, participante en una de esas ligas aficionadas que los estadounidenses, muy acertadamente, llaman beer leagues (ligas de la cerveza, que es lo que se juegan los participantes). Su posición es la de portero, y durante sus cuatro años de universidad se enfundó la máscara tradicional de los guardametas del hockey para darse el gusto durante su época de estudiante. Así que se quedó en la órbita del deporte local en Chicago, y los Blackhawks lo apuntaron como uno de sus porteros de emergencia.

Esta figura es tradicional en la NHL, donde los equipos suelen tener dos porteros profesionales listos para los partidos y un listado de sustitutos de emergencia en caso de extrema necesidad. Y esos sustitutos son, directamente, aficionados. No es raro que alguno de ellos, como Scott Foster, sean llamados a última hora. Lo que sí es algo más extraño es que se vistan y salten a la cancha para disputar minutos significativos y no de la basura. Y Foster pasó de jugar con sus colegas del Johnny Icehouse de Chicago a ser la estrella en el United Center para los Blackhawks.

El portero de emergencia tuvo que jugar buena parte del encuentro contra los Winnipeg Jets por la lesión de otro portero suplente. Mantuvo su portería a cero y selló la victoria de los de Chicago, llevándose la atronadora ovación de la grada donde él suele estar. “Me llamaron cuando estaba a una manzana del United Center. El shock de verdad llegó cuando me tuve que vestir. Desde ahí ya no recuerdo nada”, narraba Scott Foster a la prensa tras el partido. Como portero de emergencia de los Blackhawks,, tiene derecho a asistir a 13 partidos por temporada, en un palco, comer nachos y perritos calientes y con la mínima posibilidad de jugar, según dijo a la ESPN un colega de pachangas. 

Pero todo lo que tenía que pasar para que Scott Foster jugase pasó, y el día de su vida ocurrió. El sueño de todo aficionado. La NHL tiene otras historias de policías, gerentes de banco, estudiantes, y demás gente corriente que, sin aviso previo, han tenido que ponerse la máscara, las protecciones y agacharse en la portería de su equipo. Firman un contrato de obra, apenas por el día que serán profesionales, y a cambio viven la experiencia con la que todo niño fantasea. 

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