A Peter Sagan le calentaron un poco la oreja en las horas previas de la París-Roubaix 2018. Un ilustre de los pocos que pueden mirarle a la cara en cuanto a victorias, Tom Boonen, le afeó al eslovaco que no se emplease a fondo en las grandes clásicas., permitiendo además que ganase Quick Step casi todas, y criticando su actitud en las pruebas: “Debe cerrar la boca. Sagan está casi siempre a rueda, y luego cuando ataca se para, hace un gesto con la mano y pide ayuda”. La respuesta del campeón del mundo, conquistador de más de 100 victorias y poseedor de una confianza a prueba de bombas y de rajadas, respondió como sabe: levantando los brazos con suficiencia en el velódromo y apuntándose una París-Roubaix que le faltaba en el currículum.

Hacía 37 años que un ciclista con el maillot arco iris no se imponía en el Monumento del pavés y la llegada en la pista. Peter Sagan lo solucionó con un ataque a casi 60 kilómetros de meta, casi en la misma zona donde Tom Boonen rompió la carrera en una de las exhibiciones más recordadas en el París-Roubaix. Es difícil que haya sido casual, después de las palabras del excampeón belga. A Sagan le aguantó el tirón el suizo Silvan Dillier, que hizo un papel brillantísimo haciendo la carrera junto al eslovaco y que, en otras circunstancias, estaría en condiciones de disputar el triunfo en el esprint final.

Pero Dillier no tuvo opción alguna con Sagan en la llegada, y hasta dio la sensación de que el eslovaco no necesitó esforzarse mucho para, al fin, añadir la París Roubaix a su ya histórico palmarés. “Este año no me vi involucrado en ningún accidente, no me agoté, ahorré energía y entonces di un paso adelante. Ataqué y no paré hasta el final. Acabé mucho mejor que otros años, que llegué vacío. Estoy muy feliz, gracias a mis compañeros por su gran trabajo”, dijo Peter Sagan tras cruzar la meta y sonreír con esa sonrisa de chico malo que alimenta la sensación de que gana cuando quiere. 

El triunfo de Sagan en la París-Roubaix llegó, sin embarego, en la edición más trágica de la gran clásica francesa.  El belga Michael Goolaerts, que se fue al suelo cuando faltaban 150 kilómetros para el final de la carrera, acabó perdiendo la vida en el hospital de Lille. Goolaerts se cayó solo y las imágenes de televisión mostraron cómo le aplicaban masaje cardiovascular y, finalmente, un desfibrilador. El ciclista de 23 años fue llevado en helicóptero al centro médico, donde a última hora de la noche perdió la vida.