Novak Djokovic anunció el pasado mes de julio que echaba la cortina a su temporada. Renunciaba a defender el número 1 de la ATP, logrado a base de una tiranía de títulos que hacían difícil prever un fin, llamado el serbio a dominar con puño de hierro el circuito del tenis mundial con su juventud, superando los mitos de Roger Federer y Rafa Nadal y acomplejando a sus coetáneos (hola, Andy Murray). Pero la historia del tenis moderno tiende a repetirse, y quizás no a todos cogió por sorpresa ya no el anuncio de Djokovic tras caer en Wimbledon, sino quizás su caída a la tierra tras un año y medio de tenis de videojuego, que parecía hacerle no ya imbatible, sino inaccesible.

Es una tendencia que se repite con cierta facilidad en el tenis y que separa a este deporte del resto de espectáculos de primera magnitud. ¿Puede decirse que es mucho más difícil ser el número uno del mundo en tenis que en otros deportes? LeBron James lleva 7 finales consecutivas de la NBA a sus espaldas. La pelea entre Messi y Cristiano Ronaldo en lo más alto del fútbol mundial va camino de la década. Froome y su facilidad para ganar el Tour de Francia ponen en peligro el récord de Armstrong anulado por el dopaje. El tenis, con su apretado calendario y la obligación de defender los puntos logrados la temporada anterior para mantener ránking, conspira contra las tiranías. O eso, o les hace pagar a los jugadores un caro peaje. Djokovic está pagando el suyo.

Nadie parece librarse de esta pauta. Djokovic semeja haber encontrado su muro. Después de ganar tres Grand Slams en el 2015 y perder el cuarto en la final, batir el récord de Masters 1000 ganados y de medio 2016 en la misa línea con el Abierto de Australia y Roland Garros en el bolsillo, el cuerpo de Nole empezó a quejarse. Año y medio a toda mecha. Decepcionó en Río 2016 y luego dejó escapar el US Open. Luego vendrían los cambios de entrenador, la separación de su equipo de toda la vida y la crisis de juego que culminó en un año en blanco de Grand Slams y la pérdida del número uno. Tan misterioso como atribuir su exponencial mejora a la renuncia al gluten.

Pero Djokovic no es el primer tenista de élite en pasar por lo mismo. Roger Federer, considerado por muchos el mejor de todos los tiempos, vivía un glorioso revival hasta  que en Montreal también dio basta, a pesar de seleccionar mejor sus apariciones tras tomarse largos descansos. Entre el 2013 y el 2016, en su plenitud, el maestro suizo no conquistó ningún gran torneo. El calvario de Rafa Nadal con las lesiones y su dura lucha para volver a la élite (culminada con su décima conquista en la tierra de París) están más que documentadas. En menor escala, otros dos números unos españoles repitieron el mismo esquema que Djokovic. Moyà alcanzó la cima en 1999, pero poco después y todo el año 2000 penó por dolores de espalda. Juan Carlos Ferrero, tan talentoso como frágil, llegó al número uno tras ganar Roland Garros en el 2003, pero acabaría el 2004 el 31 por las lesiones.

¿Por qué este peaje tan grande? Mucho se ha escrito sobre la exigencia de los viajes en el tenis, un deporte solitario que obliga al profesional a muchas horas de vuelo, hotel y trabajo en soledad. La variación de las superficies añade trauma al cuerpo. Pero sobre todo, parece una cuestión mental en un deporte donde la psicología juega un rol tan importante como el físico. Por ahí puede llegar el rearme de Djokovic, que tiene en Nadal y, sobre todo, Federer, dos modelos para extender y retomar su exitosa carrera.

No Hay Más Artículos