El Real Madrid vive días de vino y rosas. Aún se pueden encontrar confeti en el Bernabéu de la fiesta de la última Champions League. Es el vigente campeón de Liga y de las Supercopas. Es el favorito indiscutible para repetir títulos y sumar el Mundial de clubes que tanto excita a la gerencia. Para mayor goce, el Barça está en serios aprietos a muchos y distintos niveles. Semejante nirvana no sirve, sin embargo, para que los sospechosos habituales vivan con cierta tranquilidad.

Bastó una gran disposición del Valencia para que Karim Benzema y Gareth Bale volviesen a estar en el punto de mira del madridismo. Se escucharon pitos hacia dos de las estrellas blancas, aumentando el mito de lo puntillosa que puede ponerse la grada blanca con los suyos. Benzema falló ocasiones de gol y otros días se le habría perdonado al galo, pero Cristiano Ronaldo estaba en su palco viéndolo por sanción y las iras de la grada por una cosa se plasmaron en la otra. Mientras, ya sabíamos que era fácil sospechar de Bale, pero el galés está dando pocos motivos para la esperanza.

“El tema de los silbidos no va a cambiar, ha pasado siempre y seguirá pasando. Cuando te toca no es agradable pero hay que saber vivir con ello. Un toque de atención nunca está de más y todos lo hemos vivido”, dijo Sergio Ramos, en lo que la prensa ha interpretado como un toque a los dos objetivos preferidos del madridismo.

Benzema lleva casi desde su llegada al Madrid con la cruz encima de que no es un goleador. No ayuda que el Madrid tenga en plantilla al mejor goleador del fútbol mundial, lo que haría redundante que Karim también lo fuera. No importa que Benzema haya dado más de 100 asistencias (¡100!) desde que viste la camiseta blanca. Quizás la culpa sea de la propaganda que rodeó la llegada de Benzema desde Lyon, comparándolo con Ronaldo (el gordo). Tampoco debió ayudar que su propio entrenador le equiparase con un gato, el animal fetiche de los memes de las redes sociales, en un mundillo futbolístico que prefiere ver pitbulls y leones. Definitivamente no ayuda la actitud relajada, despreocupada y de gangsta de Benzema, su mismo gesto marque tres goles, escuche pitos o le intercepten por enésima vez a los mandos de uno de sus bólidos.

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Benzema se lo toma con calma porque confía en su talento único, que el nuevo Madrid más combinativo de los centrocampistas debería ampliar. Se pondrá en forma tarde o temprano, marcaré su cuota de goles, dará las asistencias de siempre y Benzema se irá al Mundial de Rusia con los deberes hechos (probablemente). El caso de Gareth Bale es distinto. La sospecha constante sobre el galés es que no está a la altura del reto, que los 100 millones de euros que pagaron por él al Tottenham es una exageración, que el plan de Florentino Pérez de que Bale fuera el relvo natural de Cristiano Ronaldo no tiene pinta de poderse cumplir. El peor síntoma de Bale es que lo único que trasluce su entorno es el rumor constante de la vuelta a Inglaterra (nada de cabreo, nada de críticas al entrenador o sensación de trato injusto de la grada): lo peor que le puede pasar es que sea el mejor jugador y el mejor pagado de un equipo de la Premier.

Por supuesto, la irrupción de Marco Asensio, que se produce justo cuando el madridismo no ha acabado de digerir la titularidad de Isco, no hace más que complicar la situación de Benzema y Bale ante el dictamen de la grada. Mientras crecen los talentos emergentes que tanto gustan en el Bernabéu, los dos sospechosos habituales seguirán siendo el objetivo de las críticas. Al menos, mientras estén en el Real Madrid

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