El Real Madrid vive instalado en la pax florentiniana, un desconocido estado de relajo durante los casi 15 años del discontinuo mandato de Florentino Pérez. Y esto es así porque el poderoso empresario y presidente del club contempla desde su palco en el estadio la realización del sueño que anhelaba: compararse con el histórico mandatario que da nombre al Bernabéu. Es el efecto balsámico que producen tres Copas de Europa en los últimos cuatro años.

El club blanco ha cedido el protagonismo durante este mercado estival. Sus dos contrataciones se produjeron pronto y procedían de la Liga española: Theo Hernández y Dani Ceballos aumentan el fondo de armario de Zidane por menos de 50 millones de euros, una fruslería para la cartera del Real. A ellos hay que sumar la recuperación del canterano Marcos Llorente.

Más llamativa y enormemente lucrativa resultó la salida de sus excedentes: James Rodríguez, cedido al Bayern Múnich, y Álvaro Morata, traspasado al Chelsea por más de 80 millones de euros.

Y aun así se puede dudar de si el Madrid ha hecho bien quedándose más o menos como está. Cuando llegó a la presidencia, Florentino Pérez entendió que el fútbol caminaba hacia una época nueva de concentración de poder económico y donde el impacto mercadotécnico importaba casi tanto como el éxito deportivo. Así nació el proyecto de Los Galácticos, después matizado con el Madrid de los Zidanes y Pavones para evitar el desarraigo de su enorme masa social.

Sorprendido con la gestión de Zidane, que provoca relevos naturales en el escalafón y hace brillar las perlas del banquillo (Isco, Asensio, Kovacic) con el mismo fulgor de los titulares, Pérez no ha sentido esta vez la necesidad de imponer su ley en el mercado. Cree, y tiene motivos para hacerlo, que su plantilla es la mejor del continente. Observa cómo el Barcelona se convierte en el hazmerreír del mercado por no lograr sus objetivos, y deja que sea el jeque del PSG el que cometa excesos por Mbappé.

Pero precisamente, desde una lógica más empresarial que sentimental como la que solía gobernar las acciones del mandamás blanco, el fichaje del jovencísimo astro francés semejaba un movimiento estratégico que el Real Madrid debería acometer. Es verdad que no hay acomodo en el once merengue para él y ya está Asensio reclamando el lugar de Bale. Pero dicen los tiburones de las finanzas que la complacencia es el mayor riesgo y que, pese a los éxitos del presente, es necesario asegurar el futuro.

Mbappé no es tan importante para el PSG en lo deportivo como en lo simbólico. Con su fichaje lo que hace es intentar asentarse en el imaginario colectivo como una de la referencias mundiales del deporte rey, esa restringida lista que ocupan el Real, el Barça, la Juve, el United, el Bayern y apenas un puñado más de clubes.

La temporada acaba de comenzar y nada parece amedrentar al Real Madrid. Pero mientras abrillanta la sala de trofeos, Florentino Pérez parece algo que nunca pareció: satisfecho. Un mal cruce en la Champions League, un tropiezo inesperado, podría hacer que maldiga este verano en el que se quedó tranquilo oteando el paisaje del mercado de fichajes.

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