“No soy el primer ni el último futbolista que fuma”, se reivindica Jeremy Mathieu desde Portugal. El lateral-central francés nunca quiso ocultar su hábito tabaquista. En la misma declaración, el internacional galo continua: “La prensa española, en el tema de fumar, me quiso matar. Fumo, ¿y? Cuando la gente me ve en el campo, se queda satisfecha. Eso es para mí lo más importante”. Quizás éste sea el verdadero problema, que “la gente” no se queda del todo satisfecha.

Si Mathieu marcase 10 goles y diese 5 asistencias por temporada siendo un jugador de buen nivel en un contendiente a títulos, casi nadie le reclamaría su adicción al cigarrillo. Es la hipocresía que rodea a muchos debates en el fútbol, y el del tabaco es uno que ronda de vez en cuando a los profesionales. Las sospechas y en ocasiones certezas de un futbolista que fuma era un estigma muy grande en los 80 y 90, y fue disminuyendo en la misma medida que el fumar perdía visibilidad y aceptación a nivel social. Que un futbolista fumase era la prueba irrefutable de su falta de profesionalidad. Sobre todo, si el jugador no era todo lo bueno en el campo que el aficionado quería.,

Esa evolución es palpable, sobre todo, en los banquillos, donde la figura del entrenador fumador era muy habitual en las retransmisiones televisivas con mucho grano y banquillos sombríos. Ahí se intuían los rostros de los Cruyff, Aragonés, Menotti, Lippi, Zeman y compañía detrás de la nube de humo. A su lado, un montón de fumadores pasivos dispuestos a calentar para salir a jugar. Este extenso reportaje de Vice clasifica el biotipo de jugadores que fuman: por un lado los rebeldes, por otro los consumidores habituales, por último los fumadores sociales que acompañan el cigarrito de un uso de sustancias quizás peores para su cuerpo.

Mathieu es un hombre que fuma y además juega al fútbol. Si fuese encofrador o taxista, seguramente fumaría igual. Y tiene 34 años con un rendimiento físico adaptado a la exigencia profesional. Su hábito es censurable como el de cualquier persona, pero no parece más grave por ser futbolista. Y desde luego, no es el primero ni el último. Cruyff era un joven fumador que llegó a Barcelona impregnado en humo de tabaco. Pero 40 años después de que el Flaco fumase en los vestuarios, Arsene Wenger multó a su portero Szczesny por darle al vicio en la caseta del Arsenal. Wenger, otro entrenador que tuvo que dejar el tabaco.

Sócrates bebía y fumaba porque el fútbol no es como el tenis, y tienes otros 10 compañeros para correr contigo. Fabian Barthez fue el portero de la mejor selección francesa de la historia y era un fumador reconocido. Gianluca Vialli fue uno de los jugadores icónicos del fútbol italiano de los 90, y encendía un cigarro nada más ser sustituido. Nainggolan también asumió su vicio con normalidad, dentro de lo que cabe. Coentrão es el último profesional señalado por las mismas razones que Mathieu: es un blanco fácil porque ya era un jugador bajo sospecha por su rendimiento por debajo de las expectativas.

Luego están los fumadores “de fiesta”, los Balotelli, Rooney, Ashley Cole, Sneijder, y un largo etcétera (en España el caso de Parejo fue muy sonado), pillados con un cigarro en situaciones en las que lo de menos es lo que tienen entre los dedos. El caso de Mathieu nos indica que no es tan grave el hecho de fumar como lo popular que seas o lo decisivo que puedas llegar a ser sobre el césped.

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